Páginas de cine. Luis Alberto Álvarez

Páginas de cine - Luis Alberto Álvarez


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comportamiento. Es el cine lo que enriquece estos diálogos tímidos porque es el medio en el cual los personajes pueden hablar en voz baja, comunicarse con la mirada, con la inquietud que solo se entrevé a flor de piel.

      Confesión a Laura es, de igual manera, una película de director, de guionista, de actores y de dirección artística. Confesión a Laura es una película de director: la figura gruesa y exuberante de Jaime Osorio casi no permite sospechar la delicadeza de que es capaz, el humor sutil que ha sabido aplicarle a esta comedia dulce-amarga. Uno imagina con terror este esquema argumental en otras manos colombianas que, para imitar a Osorio, siento pudor en mencionar. Es una película de guionista: y de guionista femenina, con inteligente conocimiento de causa de los esquemas de vida de una época y de sus modos de expresión, con un desarrollo argumental que, con excepción de muy pocos momentos, mantiene vivo el interés e incluso el suspenso y no decae en la presentación de tan pocos personajes dentro de una situación tan estrictamente delimitada. Confesión a Laura es una película de actores: y sin esa clase de actores hubiera sido imposible salir airosos con ella. Vicky Hernández vuelve aquí a su mejor vena y Gustavo Londoño es de una sorprendente credibilidad. Este actor me hizo pensar todo el tiempo en cierto tipo de caballero colombiano, noble, honesto y tímido pero, al mismo tiempo, lleno de insólitas potencialidades humanas. Esta vez no me aguanto las ganas de poner ejemplos con nombre y apellido: Hernando Salcedo Silva ayer, o Javier Darío Restrepo hoy. A pesar de una excelente presencia en pantalla y del indudable talento de la actriz, el personaje de María Cristina Gálvez es el menos logrado. La responsabilidad, tal vez, no es tanto suya como de la guionista y del director: de los tres personajes, el suyo es el único que se inclina peligrosamente hacia la caricatura, el más injustamente caracterizado. Y es que representar la ternura posesiva de esta esposa de manera adecuada es una tarea más difícil que describir los sentimientos de los otros dos personajes. La liberación que anhela Santiago es de un modo de vida, de una falta de perspectivas, de un estancamiento de posibilidades y de personalidad, más que de una mujer supradimensional, de una Ramona que esclaviza a su Pancho. A la película le faltan descripciones de la difícil ternura de este matrimonio, del amor verdadero de ambos, pasado o presente. Confesión a Laura es, finalmente, una película de dirección artística, porque la reconstrucción de época es aquí, más que un marco, la razón misma de la historia. Se trata de describir un estado de conciencia íntimamente ligado a un momento y este momento, por tanto, debe ser adecuadamente descrito. Si se piensa que la película fue rodada en una cálida ciudad cubana el resultado es asombroso. Sería demasiado puntilloso si, tenidas en cuenta precarias condiciones de producción, me pusiera a criticar ciertos anacronismos en objetos o actuaciones. Lo importante es que el clima general es correcto e inclusive asombrosamente convincente, algo que es muy poco frecuente en el cine colombiano. Confesión a Laura es un momento importante de nuestro cine. Yo creo que, más que punto final, es el comienzo de nuevas posibilidades. Es el mejor ejemplo de que la voluntad creativa y el tener algo que decir cuentan más que las estructuras y las leyes de fomento. Confesión a Laura no fue posible gracias a Focine sino, por el contrario, posible a pesar de Focine, que se negó a aceptar sus posibilidades. Sus cualidades la independizan de los juicios benévolos o de las palmaditas de ánimo en la espalda. Ha demostrado que con inteligencia y talento se puede hacer un cine que puede mostrarse en cualquier parte sin pedir disculpas. La modestia de esta película es la de su mirada, la de su estilo, pero no, de ninguna manera, la modestia de la pobreza expresiva y estética. Focine ha muerto, viva el cine colombiano.

      El Colombiano, 23 de mayo de 1993

      La estrategia del caracol de Sergio Cabrera

      La maduración del cine colombiano

      Antes de decir cualquiera otra cosa (y pensando en los que dejarán de leer este artículo después de ocho o diez líneas), quiero afirmar con toda la contundencia que me sea posible, que es obligación (y placer) de colombiano ir a ver La estrategia del caracol. Además, que es obligación reconocer que lo logrado en esta película es un enorme salto cualitativo, la creación de una obra redonda, impecable, vital, cine del mejor y del que podemos sentirnos orgullosos. La estrategia del caracol es una película a la que no hay que perdonarle nada, con la cual no se necesitan actitudes paternalistas, una película que vale por sí misma y que es el fruto de una bendecida colaboración de talentos, una obra individual y colectiva que tiene su metáfora no pretendida en la propia historia que cuenta: la de una intensa, alegre e inventiva coordinación de esfuerzos para una causa común. Podría decirse que a Sergio Cabrera y a sus colaboradores, como a los inquilinos de la casa Uribe, se les apareció la Virgen, aunque el resultado no sea un milagro sino fruto tanto de inspiración como de transpiración. Para el aporreado cine colombiano (y para el latinoamericano), La estrategia del caracol es, por decirlo así, el equivalente del 5 a 0 de Buenos Aires. Aquí hay algo que, definitivamente, no se puede pasar por alto.

      La película es una maduración de muchos elementos que habían quedado sin resolver en el cine colombiano y el aprovechamiento inteligente de las experiencias contrastadas de su realizador. Si su primer largometraje, Técnicas de duelo, revelaba talento e inteligencia, también era frustrante ver cómo historia y personajes se le escapaban a Cabrera de las manos y ciertas condiciones negativas de producción terminaban reflejándose fatalmente en la película. En entrevistas e informes de prensa y televisión se hizo énfasis en las tremendas dificultades de toda índole que tuvo que afrontar la factura de La estrategia del caracol. Lo bueno, sin embargo, es que no hace falta conocer este proceso para juzgar la película y, acaso, matizar el juicio. Ella es buena independientemente, con dificultades y sin ellas. En el producto realizado no se reflejan cicatrices o imperfecciones que haya que tener en cuenta a la hora de mirarla.

      Por eso se siente un gran alivio al saber que se puede escribir de esta cinta colombiana, exclusivamente como cine. El primer elemento que quisiera relevar, y que distingue a La estrategia del caracol de otras películas latinoamericanas con historias ingeniosas y mágicas (deberían prohibir este calificativo por lo menos durante un siglo), es que la realización de Cabrera es esencialmente cinematográfica y no literaria. Es cierto que el elemento estructural fundamental es el guion, un guion basado en una anécdota atractiva pero, por sí sola, no especialmente significativa. Importante es que este guion no está concebido a partir de metáforas literarias sino de imágenes, movimiento, montaje. Es una anécdota zavattiniana que recuerda a Milagro en Milán y ello podría invitar con mucha facilidad a caer en las típicas trampas neorrealistas del cine latinoamericano. Pero Cabrera y su guionista Humberto Dorado (con la colaboración del argentino Jorge Goldenberg) mantienen una fina distancia de la ideologización y, sobre todo, del sentimentalismo. El guion crea un grupo coral de personajes, logrando milagrosamente evitar los estereotipos. Crea además un ritmo narrativo que depende esencialmente de las imágenes y de su encadenamiento rítmico, de la puesta en escena.

      Sergio Cabrera supo encontrar en cada campo colaboradores que supieron llenar de vida lo que era, simplemente, un esquema anecdótico, sin hacerlo parecer panfleto o comedia grotesca. Y este es el logro más milagroso, no solo porque el humor colombiano no suele ser para nada sutil y matizado, sino porque el grupo de intérpretes de La estrategia del caracol está compuesto por actores, muchos de ellos talentosos, pero que llevan años interviniendo en realizaciones, cabalmente, panfletarias y grotescas. Gracias a la precisión de este guion y a la batuta del encargado de interpretarlo, estos actores han podido recibir aquí el homenaje que se merecían.

      Las actuaciones de La estrategia del caracol superan estupendamente el esquema cómico-serio y Cabrera nos ofrece un ramillete de personajes vivos, entrañables, hermosos en medio de sus fealdades. La coordinación de todas estas diversidades en una compleja coreografía es una de las cosas más difíciles y más apreciables de la película. La figura de Vicky Hernández, esposa consagrada y dolorida, es notable. La intensidad sensual y frágil de Florina Lemaitre, conmovedora. Frank Ramírez como el Perro Romero hace una inteligente variación de su papel de Albarracín en Técnicas de duelo, un papel que, cuando se estrenó, califiqué de una manera que es válida también ahora: “Recónditamente tímido, noble y anticuado, demócrata responsable y absurdo cabeciduro”, son momentos claves de la actuación en nuestro medio. Brillante y sutil, mefistofélico, es Víctor Mallarino, cuyo


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