Memoria y paisaje en el cine japonés de posguerra. Claudia Lira Latuz

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japonesa de este cambio de mentalidad, que ya estaba en los genes de la Nueva Izquierda, hizo que dicho movimiento político dispusiese desde mediados de la década de 1960 de un campo más fértil para propagar sus planteamientos. Imbuido de esta nueva conciencia, en 1965 nació un nuevo sujeto político que influiría decisivamente en el desarrollo de la Nueva Izquierda japonesa en su conjunto: la Alianza Ciudadana por la Paz en Vietnam, o Beheiren12. No se trataba de un partido sino de una plataforma abierta a la participación no militante, surgida con una vocación claramente antivanguardista que daba la máxima importancia a la espontaneidad y libre voluntad de las masas, y evitaba articular motivaciones ideológicas más allá de frenar la guerra imperialista, potenciar en la sociedad japonesa el sentido de la autonomía individual y producir una transformación interna de las personas que condujese a cambios políticos de calado (Fukashiro, 1970; Y. Tsurumi, 1969).

      Pero fueron las enérgicas acciones radicales lideradas por los militantes de distintas organizaciones estudiantiles de la Nueva Izquierda entre finales de 1967 y principios de 1968 lo que realmente hizo de la Guerra de Vietnam uno de los asuntos de mayor resonancia en la opinión pública japonesa. Cabe decir que, hasta entonces y desde la renovación del Anpo en 1960, la Nueva Izquierda había estado inmersa en una lucha defensiva contra la represión y por primera vez en siete años empezó a situarse en una posición ofensiva. La espectacularidad de la acción directa desplegada por el movimiento estudiantil en los Incidentes de Haneda de octubre y noviembre de 1967, en la Lucha de Sasebo de enero de 1968 y en la Lucha de Oji de febrero y marzo de ese mismo año, acontecimientos marcados por la entrega física de la juventud en combates cuerpo a cuerpo contra la policía antidisturbios, inspiró el estallido de las revueltas que tendrían lugar en el seno de los campus universitarios justo a continuación.

      En la Universidad de Tokio, la más importante de Japón, se encendió a mediados de 1968 la chispa que se convertiría rápidamente en una revuelta estudiantil que paralizaría casi por completo el sistema universitario del país hasta bien entrado 1969. El conflicto se inició a pequeña escala en la Facultad de Medicina con las protestas contra las prácticas mal remuneradas, pero con la creación de los llamados Zenkyôtô (Consejos de Lucha Unitaria), asambleas estudiantiles inspiradas en los principios organizativos de la Beheiren, se acabó convirtiendo en un movimiento que cuestionaba el sentido mismo de la institución universitaria.

      Cabe destacar que los estudiantes de Medicina movilizados en la Universidad de Tokio no se limitaban a protestar por lo que consideraban un agravio directo hacia su colectivo, sino que, en consonancia con el cambio de mentalidad que se venía produciendo en el activismo de la época, fueron pioneros en el ámbito universitario en cuestionarse su propia posición como sujetos. Desarrollaron una conciencia crítica de sus privilegios respecto a otros profesionales del ámbito de la salud como, por ejemplo, los enfermeros, y en relación a la mayor parte de la sociedad. De esta forma empezó a resonar con fuerza el concepto de “autonegación” tal y como lo utilizaba un estudiante de esa época para expresar lo siguiente:

      El concepto de autonegación era la cristalización del espíritu que se había ido desarrollando en los sectores más libertarios de la Nueva Izquierda. Basada en el cuestionamiento de la posición que uno mismo ocupa en la red de relaciones de dominación, la autonegación del sujeto debía llevar a la plena manifestación de su subjetividad, en oposición a la noción liberal de la subjetividad como exteriorización racional del yo interno. Se trataba, por decirlo de algún modo, de una subjetividad intersubjetiva, ya que se basaba en la subjetivización de los sujetos externos al propio yo, en la renuncia a ejercer autoridad sobre ellos. En este sentido, la praxis y no el discurso ideológico era la forma adecuada de expresar el yo. Lo que contaba no era la búsqueda de una verdad objetiva, sino la autotransformación a través de la acción. Asimismo, era a los medios con los que se llevaba a cabo esa acción, más que a los fines estratégicos o teóricos, a lo que se le daba un valor revolucionario.

      La violencia física se convertía a menudo en la máxima expresión de ese tipo de subjetividad, ya que implicaba una renuncia extrema a la articulación racional de un discurso propio y así pues se manifestaba como acción pura. Es más, Yamamoto Yoshitaka, un estudiante de Física que lideraría la lucha de la Universidad de Tokio en su momento más álgido, rechazaba el concepto de violencia como autodefensa, ya que consideraba que ese tipo de argumentación era victimista y lo utilizaban tanto los liberales como los comunistas y las fuerzas del orden como excusa para legitimar sus agresiones (Yasko, 1997, p. 327).

      Las revueltas estudiantiles de 1968-1969 fueron la culminación de un proceso de ruptura con el progresismo de posguerra cuya brecha ya se había abierto durante la lucha contra el Anpo de 1960. Maruyama, que en 1968 y 1969 era profesor en la Universidad de Tokio, se convirtió en el blanco de los estudiantes de la Nueva Izquierda. Para ellos, él era la personificación del elitismo intelectual y de los valores contra los que luchaban. Cuando Maruyama llegó a comparar con el fascismo las revueltas que estaban teniendo lugar en los campus, Yoshimoto fue de nuevo de los pocos intelectuales que dieron su apoyo (crítico) a la Nueva Izquierda.

      En palabras de Kersten (2009, p. 235), “si el progresismo fue llevado a juicio en 1960, fue condenado en 1968”. Fue justo en esa época, en la que el espíritu de la Nueva Izquierda más libertaria alcanzaba su máxima plenitud, que se filmó Eros + Masacre, un filme que reflejaba en buena medida el mismo paradigma político de pensamiento y a través de él Yoshida materializó en la gran pantalla su propia teoría de la subjetividad como autonegación.

       Subjetividad y autonegación en la teoría fílmica de Yoshida

      Ya a finales de la década de 1950 un conjunto de cineastas japoneses empezó a debatir sobre la noción de “subjetividad” aplicada al rol del director de cine documental, y sus debates dieron pie a la teorización de este concepto en el mundo del cine de ficción. Fue en dicho contexto que Yoshida elaboró durante la década de 1960 su propia teoría cinematográfica de la subjetividad, que bajo su punto de vista debía adoptar la forma de una permanente autonegación del director.

      Para Yoshida, el director debe expresar su subjetividad a través de sus películas, pero paradójicamente dicha expresión ha de pasar por negarse a plasmar la supuesta esencia


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