Memorias del alma. Omar Casas
con su acostumbrada delicadeza.
Los murmullos de la catarata aumentaron junto al rocío que cambió a fina lluvia. Nos sumergimos en la verde arcada del follaje y descendimos a la vera de la inmensa cortina de agua. En la base y nacimiento del río Ancho, que a esa altura era un angosto y torrentoso río, sorteamos las rocas con precaución para continuar el descenso. Cuando la noche nos alcanzó, acampamos a orillas de sus rápidas y espumosas aguas.
Con la tenue y rojiza claridad del amanecer, levantamos campamento y continuamos la lenta marcha. Más tarde observé a Lamda, hamacándose a mitad de una flexible rama de fresno, jugando con otros chicos trepados al árbol. Me saludó agitando su brazo y le respondí de igual manera. La rama se flexaba con el empuje de sus pies y peso, para luego retomar su posición, entonces ella se aferraba con sus manos a una rama superior. Luego repetía de nuevo la operación y sus compañeros no dejaban de reír a su lado. Era notable cómo aquella madera soportaba grandes esfuerzos sin quebrarse, cómo el material acumulaba la fuerza y la devolvía en sentido contrario. ¿Acaso podía utilizarse como arma?
Olvídate de los juegos – avisó Harfal observando a los niños para aclarar: - Ni bien lleguemos a Espejo, comenzarás tu entrenamiento. Te convertirás en un guerrero lentamente. Serás más rápido, más fuerte y vencerás tus temores. Ya lo verás.
Sólo asentí, no supe que contestarle. Era práctico que me entrenara, pues aprendería a defenderme; pero sacrificarse durante tanto tiempo para luego perder en las pruebas de los elegidos, y después continuar con la misma y monótona vida de mis ancestros, no tenía sentido.
Aquella noche, escuché pasos que se acercaban mientras trataba de dormir. Era Lamda, me hizo una señal para alejarnos del campamento. Nos sentamos en unas confortables rocas que ya tenían marcadas las posaderas.
¿De qué hablaba tu padre tan contento? – Preguntó con gran curiosidad.
¿Sólo por eso me llamaste? – Le respondí con otra pregunta y cierta desilusión
No… Quizás sea la excusa para comenzar una conversación. – Aclaró. Siempre tenía una salida que me convencía.
¿De qué va a hablar? De mi entrenamiento para ser uno de los elegidos, pasados los próximos dos inviernos – respondí con preocupación.
Falta mucho para preocuparse, a mí me faltan tres inviernos – contestó estirando su brazo con excesiva lentitud y ambos reímos.
Pero tú no tendrás problemas en ganar. Eres la mejor de tu edad, inclusive la más rápida, la más fuerte, la más intrépida y… - quise decir la más bella, pero no me animaba.
¿Y…? - presionó con su sonrisa y verde mirada.
Y la más bella – murmuré para continuar: - ¿Por qué yo, Lamda? Muchos chicos me superan en destreza, son más fuertes y más valientes. – Pregunté para quitarme la duda.
¿Y más inteligentes, más locos y raros? Porque eres raro, lleno de misterio en tus cavilaciones y ocurrencias, como un tesoro repleto de gratas sorpresas. – Explicó ella para abrazarme con fuerza.
Estoy en tus manos, soy tuyo para siempre, mi más brillante estrella… - susurré a su oído.
¿Lo ves? ¿A quién, sino a ti, se le ocurren esas cosas? Yo también soy tuya. – Confesó ella y un brillo de plata descendió por su mejilla.
No tenemos futuro. Después del entrenamiento me marcharé de villa Espejo. Evitaré las pruebas. Viajaré al este, cruzaré los ríos Azul y Verde, hacia los negros bosques de Trona. – Respondí decidido mientras secaba su rostro.
¿Te desterrarás tú mismo? Serás odiado por todos los laharianos. ¿Y si…? –Pensaba Lamda y se cortó.
¿Qué, en qué piensas? – la interrogué con curiosidad.
Primero, tienes que ser muy bueno para quedar entre los primeros cuatro elegidos. Segundo, es posible lograrlo con entrenamiento, superar a tus rivales, pues ellos te subestiman por tu mala reputación. Tercero, en el peor de los casos, si llegaras a superarlos… ¿No pensaste en dejarte vencer? – sugirió Lamda apretando mi brazo con afecto.
Jamás haría algo así. Carece de honor… - Respondí al tiempo que me pareció una importante opción.
Es probable, pero puedes perder en reñido duelo, al menos simulándolo con un poco de actuación, como la del maestro Darko. Nadie sospechará y luego podrás marcharte sin que te persigan y con la frente en alto. – Argumentó Lamda con un gracioso ademán.
Buena idea, no quiero ser esclavo de los algohts. Mi padre se decepcionaría pero me dejaría en paz. Además, ya tiene a su primogénito en Dalian, que se conforme con eso. – Solté una leve risa para no despertar a los durmientes del campamento cercano.
Yo pienso hacer lo mismo, y en tres veranos, luego de perder en las pruebas, me marcharé contigo – afirmó ella sorprendiéndome para agregar - ¿Qué esperabas, que dejara marcharte solo?
Contigo será más difícil que te crean. Eres la mejor y casi una líder entre los de tu edad. – Aclaré, pues muy pocos le hacían frente a Lamda en las peleas y les había ganado inclusive a chicos que vivieron tres inviernos más que ella.
Entonces aprenderé a actuar y tú a pelear, yo misma te enseñaré. – prometió Lamda y la abracé con fuerza.
Esa noche dormí arrebujado a la esperanza de un futuro prometedor, mientras el rostro de Lamda se recortaba entre las estrellas.
Los próximos días fueron de marcha forzada y los más viejos comenzaron a rezagarse. En un momento Harfal cargó con mi hermana por largo trecho, y yo apuré el paso a pesar de los pies ampollados. Debía evitar que me llevara bajo el brazo o sobre sus hombros, pues prefería las heridas a las burlas de mis iguales.
Luego de varias mañanas de soles cambiantes, de fatigosos rayos o de luz grisácea por las intensas nubes, divisamos el espeso humo escalar el cielo. Provenía de nuestra aldea. De inmediato, los adultos se agruparon con hachas, lanzas y garrotes en mano. Luego nos dejaron al trote. Nos quedamos con los ancianos, que nos juntaron en apretada formación. Después caminamos a paso firme. Varias columnas negras se retorcían y formaban una espesa nube de mal presagio en medio del límpido cielo. Una bandada de mirlos y pardales nos sobrevoló en sentido contrario. Del ralo bosque emergieron venados al galope que nos esquivaron a la carrera. Muy pronto escuchamos los gritos de la lucha.
Si realmente están ahí, por favor, ayuden a nuestros padres – supliqué al cielo mientras apretaba la mano de Jana. No pedí para que descendieran los algohts, sino para que la fortuna estuviera de nuestro lado.
Cruzamos la franja boscosa con latidos acelerados y… Cuando ya podían divisarse los grises esqueletos de las chozas quemadas, nos desbandamos en la planicie, a pesar de los gritos de los ancianos que ordenaban detenernos. Fuimos claro ejemplo de cómo el orden y la prudencia se disuelven bajo las aguas de la desesperación. ¡Queríamos volver a ver a nuestros padres! Nos dispersamos a la carrera. Yo me retrasé, porque iba al ritmo de mi hermana y no quería perderla de vista. Al atravesar los primeros montículos de cenizas nos enfrentamos a los primeros cuadros de la tragedia. Hijos arrodillados y llorando a gritos, al costado de los cadáveres de sus padres. Sus manos manchadas de rojo, apoyadas contra labios de chorreante carne, abierta por lanzas o hachas. Tiré del brazo de Jana, clavada como estaca mirando cómo su amiga lloraba la pérdida de su madre. La pequeña le murmuraba y le rogaba que se levantara a un oído que ya no podía escucharla. Por suerte, divisamos laharianos de pie, algunos heridos, pero volvían a abrazar a sus hijos. Jana se soltó de mi mano y corrió. Ahora apenas podía mantener su velocidad. Esquivando cuerpos y maderas quemadas, los encontramos en el suelo. Omega atendía las heridas de Harfal.
¿Están bien? – preguntamos en coro.
Tranquilos, su madre me salvó la vida. Es una excelente guerrera.