De la revolución a la industrialización. Sergio de La Pena
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Fuente: Cuadro A 4.
Durante la gran crisis los precios internos también bajaron. En 1932 culminó el ciclo de depresión de precios que se inició en 1917; el contraste es notable con el ciclo inflacionario que se inició en 1933. Desde luego la demanda interna sufrió severas alteraciones. Se estima que la inversión bruta retrocedió entre 1926 y 1932 a un ritmo de 5% anual; este comportamiento eliminó toda posibilidad de frenar la caída del PIB. A su vez el consumo retrocedió 4.7% promedio anual, a causa de la contracción del ingreso por la desocupación y el desabasto, con efectos severos sobre las condiciones de vida de la población (consúltese el cuadro A.4).
Luego de la crisis política, tras el asesinato de Obregón, Calles se erigió como "Jefe Máximo" de la "familia revolucionaria", a la que aglutinó en el Partido Nacional Revolucionario (PNR); en adelante las sucesiones presidenciales se definirían al interior del partido. También en esos años Calles logró el dominio y control de las fuerzas políticas, impuso a tres presidentes en el periodo conocido como "maximato". Se llegaron a acuerdos con la Iglesia, dando fin a la rebelión cristera que se había extendido a varias regiones del país entre 1926 y 1929. En medio de las contradicciones que se fueron agudizando, especialmente por el reascenso del movimiento obrero que culminó con el "desmoronamiento" de la CROM, se crearon las bases esenciales para la gran transformación cardenista.
1933-1940
La crisis provocó grandes reajustes que se evidenciaron en cuanto se inició la recuperación en 1933, sobre todo en el ordenamiento de las fuerzas políticas y en la orientación de la política económica. Cobró creciente peso la corriente que se distinguió por la decisión de llevar adelante la Revolución y emprender un desarrollo interno con aspiraciones de autonomía nacional. Se consolidó el nacionalismo económico y el rechazo al exterior, que se veía como fuente de grandes males, aunque ello no impidió el aumento del comercio exterior e incluso de las inversiones extranjeras directas. Pero se acentuó la idea de transformar lo necesario para cumplir con los preceptos constitucionales. A tal efecto se incrementó la concentración del poder estatal apoyándose cada vez más en las organizaciones sociales, en especial en las ligas de comunidades agrarias que en 1938 se aglutinaron en la Confederación Nacional Campesina (CNC) y la Confederación de Trabajadores de México (CTM) creada en 1936 antecedida por el Comité Nacional de Defensa Proletaria que surge al calor del enfrentamiento entre Calles y Cárdenas.
Regular la economía, hacer la reforma agraria e impulsar el crecimiento económico y de las empresas se convirtieron en tareas centrales. En un primer momento las políticas públicas se orientaron a crear la infraestructura esencial, industrias básicas como la eléctrica, para lo cual se creó la Comisión Federal de Electricidad en 1933. Tales propósitos demandaban un creciente gasto público y por lo tanto políticas monetarias expansionistas12 pero se manejaron con prudencia y cautela, sin que el déficit fiscal alcanzara montos superiores al 1.5% del PIB. De esta manera el modesto déficit público fue financiado en los años treinta con recursos bancarios internos, ante la ausencia de crédito externo. No obstante, esta política unida a la restructuración económica condujo a un incremento de la inflación.
En 1933 se inició la enérgica recuperación de la actividad económica y de las exportaciones, por cierto antes que en Estados Unidos e Inglaterra. A partir de entonces el crecimiento fue intenso. Las exportaciones se mantuvieron en expansión hasta 1948, crecieron poco más de 12% promedio anual en dólares entre 1933 y 1948, excepto durante el bache de 1938 por el boicot de Estados Unidos ante la expropiación petrolera (consúltense el cuadro A.2 y la gráfica 4).
Los precios de las exportaciones mexicanas mejoraron a partir de 1933, aunque no tanto como para revertir la tendencia al deterioro de los términos de intercambio, pues los precios de las importaciones crecieron en mayor medida, y no obstante que las importaciones se triplicaron entre 1933 y 1940 la balanza comercial registró un saldo favorable debido al crecimiento de las exportaciones por la subvaluación del peso, luego de la devaluación de 33% del peso entre 1931-1933.
Gráfica 6
Demanda, consumo e inversión, 1926-1952
Fuente: Cuadro A.4.
A partir de 1933 el crecimiento fue enérgico y trajo grandes consecuencias. En lo inmediato, fue una base de apoyo de insoslayable importancia para facilitar las transformaciones cardenistas a partir de 1935. En lo mediato, marcó el inicio del crecimiento basado en la industrialización y por tanto de consolidación del capitalismo mexicano. La CEPAL y otros analistas plantearon el inicio de la industrialización como un efecto de la crisis de 1929-1933. Como hemos visto, dicho proceso se inició en México en el último cuarto del siglo XIX, pero es innegable que a partir de 1933 la industria mostró un crecimiento más dinámico que el agro y se fue autonomizando de éste. Quizá los bajos niveles desde los que se emprendió la reactivación exageran la magnitud del crecimiento de este sector que sin duda se facilitó por el uso de la capacidad instalada disponible, pero los estímulos externos e internos para ampliarla, a partir de entonces, permitieron sostener un crecimiento intenso y con autonomía de la agricultura de exportación, pues los ingresos para el consumo de manufacturas ya no dependían de las exportaciones sino de la ampliación del mercado interno.
En efecto, entre 1932 y 1940 la economía creció a un promedio anual de 10.5% y 5% en términos reales, con un robusto 13.7% en el caso de las manufacturas (9.4% en términos reales), lo que hacía patente un proceso de recuperación y de arranque de la industrialización. La agricultura también creció si bien a una tasa de 2.8% anual (1.3% en términos reales) pues fue afectada por varios ciclos de malas condiciones climáticas, y en la segunda mitad de la década de los treinta por el reparto agrario masivo13 (consúltense los cuadros A. 1.1, A. 1.2 y A. 1.3).
No obstante que la inversión pública estimuló el crecimiento de la inversión privada sobre todo en la construcción y en otras ramas, la inversión industrial se incrementó especialmente en ramas productoras de bienes de consumo inmediato y de insumos, y se apoyó en la capacidad instalada. Fue un crecimiento desordenado, sin orientaciones estratégicas, por lo que los eslabonamientos14 fueron débiles, es decir, no se actuó de manera deliberada para ir creando una integración de los procesos productivos que fortaleciera la demanda de otras ramas industriales e indujera la producción de tecnología propia; se adaptó la que se traía del exterior (que en su mayoría no era de punta, en algunos casos se trató de equipo de "desecho" de las plantas estadunidenses) y se hizo muy poco para crear e innovar, de tal manera que la industria nacional resultó poco competitiva, salvo en el periodo de la guerra, cuando las economías desarrolladas se orientaron a la producción de armamento e importaron algunas manufacturas de México. Esta falta de eslabonamientos hacia la producción de la tecnología propia es uno de los aspectos que explica el sesgo antiexportador que adquirió la industria nacional.
La urgencia por resolver los problemas y la magnitud de las tareas empujaron al gobierno de Cárdenas a una intervención estatal mayor y en más campos. Además eran tiempos mundiales de aislamiento y proteccionismo, de nacionalismos intensos como el estadunidense, e incluso de totalitarismo, que cancelaban toda tentación liberal. En México, la opción por la intervención estatal y el nacionalismo fue acorde con las condiciones históricas, y permitió emprender el cambio exigido por las fuertes presiones sociales que demandaban resolver carencias y acelerar el desarrollo.
A la recuperación contribuyó la política monetaria expansionista que se introdujo a partir de 1933 y el gran aumento inicial de las exportaciones que crecieron a un ritmo anual de 30% entre 1932 y 1935 (consúltese el cuadro A.2). Las deficiencias de la infraestructura (transporte, crédito, energía) absorbieron la mayor