Bastardos de la modernidad. Alexander Torres

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protagonista aquí no manifiesta una “pulsación [que] determina el movimiento y el cambio de los destinos y de las opiniones humanas” (222). Si se hubiera escrito Tom Jones después de la irrupción de Goethe en el ámbito literario internacional,48 como es el caso de Le Rouge et le Noir, otra sería la historia. En la novela de Fielding, a pesar de sus afinidades tipológicas con Wilhelm Meister –las cuales no dejarán de aparecer en el Bildungsroman del siglo XIX, como en el caso de Dickens–, no hay un sujeto determinado por el mundo. Con respecto a esto último, sugiere Gadamer que el pensamiento alemán de fines del XVIII es decisivo en cuanto a la manera en que se llega a pensar la relación individuo-mundo: “En el concepto de formación [Bildung] es donde más claramente se hace perceptible lo profundo que es el cambio espiritual que nos permite sentirnos todavía en cierto modo contemporáneos del siglo de Goethe, y por el contrario considerar la era barroca como una especie de prehistoria” (38).

      Como ya se ha indicado, la dinámica entre el protagonista del Bildungsroman y el mundo que le sirve de fondo (la sociedad) es un elemento primordial del género. Y si se centra en Wilhelm Meister como el prototipo que da pie a otras variantes nacionales del Bildungsroman, la razón parece estar basada en cuestiones tipológicas y en la pertinencia real o aparente del año de su publicación original (1795–1796) y de los años de sus traducciones al francés y al inglés (1802, 1824), esto sin considerar en su justa dimensión lo que podría representar Werther con relación al género. Al menos en el caso francés, parece que Wilhelm Meister no hizo mella como se esperaría en Le Rouge et le Noir e Illusions perdues. El antecesor de estas obras parece ser más bien Werther. Lukács está seguro de este parentesco y no sólo eso, sino que reconoce entre la obra de Goethe y las novelas de Stendhal y Balzac tanto una continuación como una problematización del proyecto humanista del pensamiento ilustrado. En la obra que el crítico marxista consagra a Goethe predomina la idea de la lucha de clases. Pero al leer “los esfuerzos del joven Goethe en favor del ideal de un hombre libre y omnilateralmente desarrollado” que le atribuye a Werther como una “rebelión popular-humanística” (Lukács 82), se reconoce en Lukács lo que Tzvetan Todorov identifica en El espíritu de la Ilustración (2006) como los tres fundamentos del pensamiento ilustrado o principales preocupaciones que surgen de éste: “la autonomía, la finalidad humana de nuestros actos y la universalidad” (10). A pesar de la interpretación marxista del teórico húngaro, de la base epistemológica que comparten Werther y las obras narrativas de Stendhal y Balzac –los problemas que puede acarrear definir el mundo a partir ←21 | 22→de una subjetividad particular– se pueden abstraer los principios ilustrados que se acaban de citar:

      Como hemos visto, el Werther es la proclamación de los ideales del humanismo revolucionario y, al mismo tiempo, la configuración consumada de la trágica contradicción de esos ideales. El Werther no es pues sólo una culminación de la literatura grande burguesa del siglo XVIII, sino también el primer gran precursor de la gran literatura problemática del siglo XIX … Los que de verdad continúan las tendencias reales del Werther, son los grandes configuradores de la ruina trágica de los ideales humanistas en el siglo XIX, ante todo Balzac y Stendhal … (Lukács 84)

      Herencia filosófico-política del Bildungsroman

      Se señaló que los ideales humanistas a los que se refiere Lukács se pueden resumir en las ideas de autonomía, humanidad como fin en sí mismo y universalidad. Se verá qué significa cada concepto de acuerdo con las explicaciones de Todorov. Para este teórico, la autonomía constituye “un doble movimiento, negativo y positivo: de liberación respecto de normas impuestas desde fuera, y de construcción de normas nuevas que nosotros mismos hemos elegido”, lo cual significa que uno no debería “someterse sin discusión a ningún amo”, sino más bien siempre “fundamentarse en lo que es accesible para todos: el testimonio de los sentidos y la capacidad de razonar” (41). Cabe recordar que el uso de la razón sin tener en cuenta los sentimientos, según Beiser, fue lo que impulsó el movimiento prerromántico del Sturm und Drang, el cual señaló la importancia de éstos. Sin embargo, ciertos filósofos ilustrados, como Rousseau, tenían presente esta preocupación. Sabían que “[l];os hombres son empujados por su voluntad y sus deseos, sus afectos y su conciencia, y también por fuerzas que no pueden controlar. No obstante, la razón puede orientarles cuando se comprometen a buscar lo verdadero y lo justo” (Todorov 44). El prefijo auto- de la palabra autonomía (de autós [propio] y nómos [ley]) sugiere que la gobernanza surge del individuo para el individuo. Pero se refiere de manera más precisa al rechazo de una forma de gobierno que sólo se impone desde arriba. Autonomía significa gobierno desde abajo, es decir, un gobierno que parte del conjunto de individuos que conforman a una sociedad: “el ←23 | 24→origen de todo poder está en el pueblo, y nada es superior a la voluntad general” (15). Entendida así, la autonomía no se constituye en un vacío donde un individuo se gobierna de acuerdo con sus propias leyes: “La liberación del pueblo avanza en paralelo a la adquisición de autonomía por parte del individuo” (44). Y si bien no es un autogobierno absoluto, Todorov hace notar que “[l]os hombres nacen, viven y mueren en sociedad. Sin


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