Andemo in Mèrica. Danilo Luis Farneda Calgaro
muy utilizado por los inmigrantes.
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CAPÍTULO I
ARRASTRADOS POR LA OLA INMIGRATORIA
La inmigración de masas, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, tuvo dimensiones extraordinarias y se extendió prácticamente a todos los países europeos.
Sumidos en una grave crisis estructural, con un modelo socio-económico y político en transformación, la población buscó nuevos horizontes fuera de sus países de origen.
La corriente inmigratoria hacia América fue sin lugar a dudas la más fuerte, quedando en segundo lugar la que se daba entre los mismos países europeos. Fue el caso de la emigración italiana, española o portuguesa, especialmente hacia Alemania, Francia o Suiza.
Entre quienes optaron por la inmigración de ultramar encontramos a miles de familias de la Alta Italia y, entre ellas, las de nuestros ancestros vénetos.
Sin tener en cuenta a Sebastián Gaboto y sus marinos venecianos que en 1527 subieron por el río Paraná desde el estuario del Río de la Plata, la presencia véneta en Sudamérica comenzó a volverse significativa en las últimas décadas del siglo XIX.
Si bien fueron diversos los factores que determinaron estas opciones, podemos destacar los cuatro más significativos:
1. El hecho de haber sido precedidos por numerosos contingentes de inmigrantes italianos de otras regiones y la reagrupación familiar.
Los vénetos no estuvieron entre los pioneros que llegaron a América. Fueron sus vecinos del Piamonte y la Liguria quienes hicieron llegar a la patria natal el testimonio de las magníficas oportunidades que ofrecían los países de acogida. Rápidamente creció la convicción y el sentir popular de que un futuro mejor les aguardaba del otro lado del Atlántico.
En ocasiones, los predecesores fueron los mismos parientes quienes, después de haberse establecido en el nuevo continente, buscaron reunificar los núcleos parentales atrayendo a familiares y amigos que en un primer momento se habían quedado en sus poblados de origen.
Este factor es posible corroborarlo en el caso de muchas familias. Nuestro bisabuelo Luigi Calgaro (Gigio) dedicó gran parte de sus primeros ahorros para traer desde Italia a su hermana María.
La reagrupación familiar era motivo de orgullo para todo emigrado. El hecho de financiar el viaje de un familiar era confirmar que el riesgo asumido al dejar la propia tierra había valido la pena y que las promesas de una vida menos dura se estaban cumpliendo.
Si analizamos los datos recopilados a partir del año 1882 por el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericano, podemos comprobar que entre los años 1883 y 1885 llegaron al puerto de Buenos Aires una veintena de personas con el apellido Calgaro.9 Quince años más tarde se verificó una segunda oleada, sumando hasta veinticinco personas más con el mismo apellido. Ciertamente, todos pertenecían al mismo tronco familiar, aunque no todos tenían un grado de parentesco cercano.
2. La existencia de rutas marítimas dirigidas hacia estas latitudes de América del Sur.
La “Compagnia Transatlantica” fundada en Génova en el año 1852 inauguró la primera línea de comunicación regular entre Italia y América. En un principio los viajes se hacían en grandes transatlánticos desde Génova hasta Río de Janeiro y desde allí se continuaba con un servicio de enlace hacia Montevideo y Buenos Aires, en embarcaciones menores.
A partir de 1870 la “Società Rocco Piaggio & Figli”, también genovesa, comenzó a brindar servicios directos cada tres meses, vía Islas Canarias, hasta Montevideo y Buenos Aires.
Diez años más tarde las posibilidades de viajar con naves cada vez más rápidas se multiplicaron. Los treinta y ocho días del viaje entre Génova y Río de Janeiro pasaron a ser treinta.
En este mismo período, las compañías “Florio y Rubattino” se unieron y crearon la “Navigazione Generale Italiana” la cual, con diversos y más veloces vapores, llegaron a garantizar salidas semanales desde Nápoles y Génova hacia Río de Janeiro, San Pablo, Montevideo y Buenos Aires.
Nuestros abuelos, como gran parte de las familias de inmigrantes, no tenían un lugar prefijado hacia donde orientar sus esperanzas. Sabían que “in Mèrica”, podían tejer un futuro mejor, pero el lugar concreto lo determinaba el destino de la nave en la que finalmente lograban embarcarse.
3. La crisis agraria por la que atravesaba Europa dejaba sin presente ni futuro a millones de campesinos.
A comienzos del siglo XIX, más del 80% de la población europea se dedicaba a tareas agrícolas.
Fueron millones las familias de campesinos que soñando un porvenir más halagüeño emigraron hacia las ciudades para enrolarse como obreros en el naciente proceso de industrialización. Pero la revolución industrial no tenía capacidad para absorber toda la mano de obra que el campo rechazaba.
Consta en los anales de Schio y Arsiero la grave crisis que a finales del ochocientos afrontó la industria de la lana, motor fundamental de la economía local. De la noche a la mañana, centenares de familias se quedaron sin trabajo y sin futuro.
4. Las políticas de colonización de los países del Plata.
Argentina necesitaba mano de obra para continuar multiplicando las hectáreas de tierra virgen dedicadas a la agricultura. Los empobrecidos campesinos europeos se convirtieron en una fuente inagotable de recursos humanos, ideales para satisfacer la demanda de la naciente nación americana.
Se dio de este modo un círculo virtuoso: cuantas más tierras cultivadas más riquezas para el país, mejores condiciones para atender las demandas del mercado interno y externo, y por ende, más necesidad de mano de obra.
Entre los años 1856 y 1895 se fundaron en Argentina 365 colonias de inmigrantes europeos y el área sembrada pasó de 55.922 hectáreas a 1.493.402 hectáreas, multiplicando por 26 la capacidad productiva del país.
Gracias a la aportación de los inmigrantes el país se transformó rápidamente, proyectando su mercado al resto del mundo.
A su vez, la explosión agrícola con la ingente masa de mano de obra que reclamaba, generaba la necesidad de implantar servicios terciarios para satisfacer las necesidades de los campesinos y de quienes se afincaban en las ciudades. Por lo tanto no solamente se demandaba mano de obra para el campo sino también operarios para los más diversos servicios.
“Gobernar es poblar”, era el slogan de la clase dirigente argentina. En función de promover la inmigración se firmaron acuerdos con las compañías navieras para que trasladaran en forma muy económica – y hasta gratuita – a todo europeo que quisiera rehacer su vida en América.
Se llegó a entregar a los inmigrantes una prima en dinero antes de partir y, en el caso del campesinado, se les facilitaban tierras e instrumentos para el laboreo.
En torno a estas cuatro razones se fue consolidando el movimiento migratorio que marcó un antes y un después, tanto para quienes emigraban como para los países de acogida.
Ciertamente en los países de origen, y más precisamente en Italia, coexistieron otras causas como la inestabilidad política y social, la amenaza de la guerra,10 la falta de competitividad en el proceso de industrialización respecto a otros países del entorno uropeo y, en relación al campesinado, la ausencia total de políticas productivas y financieras adecuadas por parte del gobierno.
Ante lo complejo e inestable del panorama, América se constituyó en la tabla de salvación para millones de familias. Éstas, a su vez, generaron y sostuvieron un impulso de crecimiento jamás imaginado en los países de acogida. De tal modo que