Andemo in Mèrica. Danilo Luis Farneda Calgaro
autor narra con dureza la triste situación de los campesinos vénetos. Habían llegado al límite de la indigencia. Debían abandonar lo más querido y, maldiciendo la patria, buscar el pan en otras tierras. A mediados del siglo XIX podemos hablar de una verdadera fuga de masas.
Los factores de “expulsión” señalados por el poeta veronés mantuvieron su vigencia durante décadas. Si nos detenemos a analizar estas variables obtendremos una visión muy realista y cercana de la situación padecida por nuestros abuelos antes de tomar la decisión de abandonarlo todo y partir hacia América.
Tras la mirada de Barbani encontramos el perfil de las grandes mayorías de inmigrantes que llegaron a nuestras tierras.
Como ya hemos reseñado, los campesinos conformaban la colectividad más numerosa de la población italiana y esta situación repercutió directamente en el perfil de la masa de inmigrantes. Quienes llegaron a nuestras tierras eran principalmente pequeños y empobrecidos campesinos.
Los terrenos familiares, con las reiteradas sucesiones, habían quedado reducidos a una mínima expresión. Sobreexplotados y expuestos a las inclemencias del tiempo y a las pestes que asolaban los sembrados, no lograban cubrir las necesidades mínimas de cada familia.
El granizo golpeaba con frecuencia a frutales y viñedos y las sequías solían impedir la reserva invernal de forraje para el ganado.
Consta en la historia agrícola véneta el ejemplo del año 1879, cuando a un riguroso invierno le siguió una primavera húmeda y un verano que alternó tormentas con granizo y largos períodos de sequía. Si a este contexto climatológico le sumamos las enfermedades en los frutales, contamos con el marco perfecto para un ciclo de empobrecimiento extremo.
La falta de recursos para combatir las pestes les volvía particularmente vulnerables. De este modo, a partir de 1850 desaparecieron gran parte de los viñedos regionales en razón de enfermedades imposibles de tratar.
Señalamos el apartado de los viñedos porque el vino era un producto vendible. El cultivo en otros rubros como el trigo, la cebada, el maíz, las hortalizas y verduras, era muy escaso y se destinaba por entero al consumo familiar.
Cuando los viñedos y maizales fracasaban los pauperizados campesinos no tenían más remedio que solicitar préstamos a los pocos acaudalados del lugar, cayendo en las redes incompasivas de la usura.
El sector ganadero tenía una dimensión testimonial. Algunas familias atesoraban una o dos vacas y las mayorías se conformaban con alguna que otra oveja, conejos y gallinas. Poco más. También en este rubro las garantías de éxito eran escasas ya que la mortandad del ganado era frecuente debido a las condiciones climatológicas extremas, especialmente en la zona montañosa.
La vaca era considerada como un animal casi sagrado, un auténtico patrimonio familiar ya que, además de servir como fuerza motriz para las tareas del campo, daba leche de la cual obtenían el preciado queso y la ricota, alimentos básicos que conformaban la miserable dieta campesina, acompañada por la infaltable polenta de harina de maíz.
Aquellos que contaban con algo más de tierra para sembrar y comercializar cereales, se encontraban a menudo con una bajada generalizada de precios ocasionada por la competencia de los países americanos como Argentina que, beneficiados por el bajo coste del transporte, exportaban millones de toneladas de trigo a toda Europa.
A las dificultades que ocasionaba la climatología, las pestes incontroladas, el empobrecimiento de terrenos sobreexplotados, la multiplicación extrema de minifundios y la competencia del mercado americano, debemos sumarle la política agraria italiana prácticamente inexistente.
De hecho, el estado quedaba totalmente al margen de la grave crisis que afectaba a sus conciudadanos y no prestaba ningún tipo de ayuda. Los riesgos de la producción agrícola debían ser asumidos en su totalidad por los propios productores.
A partir del año 1870, los distintos gobiernos, buscaron erradicar los minifundios e incentivar los cultivos mecanizados. Si tenemos en cuenta que la gran mayoría de nuestros ancestros poseían “pañuelitos de terrenos” podemos hacernos cargo de la crisis que tal política nacional acarreaba para cada uno de ellos. ¿Cómo reunir terrenos sin el capital necesario para adquirirlos o cómo mecanizar la producción sin recursos financieros accesibles?
Cuentan que nuestro “nonno Gigio”, solía compartir, con no poca ironía, la siguiente reflexión: “Pensar que en Italia nuestras tierras eran tan pequeñas que si nos acostábamos sobre ellas debíamos encoger las piernas para no invadir terrenos ajenos”.
Durante generaciones, esas pequeñas parcelas, siendo la única fuente de riqueza familiar, terminaron siendo cuidadas con un mimo extremo. No ahorraban esfuerzos por robarle a la tierra todo su empobrecido potencial, pero los resultados siempre resultaban escasos.
La “zia María” Calgaro, hermana del “nonno Gigio” recordaba que, terminado el invierno, debían bajar al valle y hacer innumerables viajes con un par de baldes cada uno para buscar tierra que supliera la que el deshielo y las lluvias de primavera se habían llevado colina abajo.
En el caso de la familia Calgaro esto significaba bajar por un estrecho sendero de montaña, salvando un desnivel de trescientos metros que los separaba del lecho del riachuelo que corría por el valle, y subir poco a poco esa tierra necesaria para renovar los sembrados de primavera y verano.
Se trata de esfuerzos que hoy nos resultan impensables. ¡Llevar en baldes la tierra hacia la montaña para poder sostener los diminutos cultivos familiares!
Debo reseñar que en la provincia de Vicenza, cuna de nuestros ancestros directos, se dio también durante algún tiempo la explotación de minerales diversos. Pero lamentablemente las vetas metalíferas no eran abundantes.
Hacia 1870, las pequeñas minas de hierro, plomo, mercurio, plata, cobre y hasta alguna de oro, que durante un siglo habían equilibrado la maltrecha economía campesina, prácticamente habían desaparecido.
Una vez más, la competencia exterior y los modestos resultados económicos lograron eliminar una fuente de recursos que en su momento despertó mucho interés.
Aún hoy, en recónditos parajes montañosos, perduran los vestigios de aquella minería inicial que se prolongó en su formato más humilde con la explotación de la piedra caliza, muy abundante en la zona.
En el mismo valle contiguo al “monte dei Calgari”14 podemos hoy contemplar varias ruinas de hornos de piedra caliza. Esta minería básica, sumada a la de algunas preciosas vetas de mármol, constituyó una fuente de riqueza acotada y destinada al consumo regional.
En este resumido compendio de las riquezas y pobrezas no podemos dejar de lado la industria artesanal, la cual había tenido su esplendor en otros tiempos pero que no pudo competir con el proceso de la industrialización. Es el caso de las artesanías en cuero, lana, seda y la orfebrería, que posibilitaba la ya mencionada minería local.
Hacia 1850, en la provincia de Vicenza se habían establecido algunas industrias especializadas en el tejido de la lana. La más famosa entre ellas fue fundada por Alessandro Rossi, retomando una ancestral profesión ejercida por los primeros pobladores de la región, desde la época romana.
Como ya he mencionado, ante la incipiente era de la industrialización, los campesinos fueron abandonando los pequeños caseríos de montaña para acercarse a las nuevas fuentes de la economía regional.
Sin embargo, las industrias locales fueron incapaces de absorber la abundante oferta de mano de obra. Por otro lado, el desequilibrio entre oferta y demanda tuvo como resultado una drástica bajada en los salarios con las consecuencias que ello tenía para las empobrecidas familias.
En 1890, en plena expansión del fenómeno de la inmigración, las industrias Rossi estaban paralizadas a causa de una huelga generalizada e indefinida, propiciada por un naciente sindicato de trabajadores que reclamaban mejoras salariales.
Los peores augurios se conjuntaban para hacer inviable cualquier planteamiento de futuro. Como vemos, las extremas limitaciones de la vida rural se repetían