Andemo in Mèrica. Danilo Luis Farneda Calgaro
del sistema político, la desesperanza se extendía entre los habitantes.
La paupérrima dieta, basada en el maíz y las papas, no era suficiente para cubrir las necesidades mínimas y las enfermedades más diversas proliferaban. La pelagra, el cólera y el tifus eran muy comunes. El índice de mortalidad era altísimo, especialmente entre los niños.
Basta con recorrer los libros parroquiales de nacimientos y defunciones para constatar que las mujeres parían una media de diez hijos, de los cuales sobrevivían no más de seis o siete.
La esperanza de vida para un campesino del Véneto a mediados del siglo XIX no pasaba de los 47 años, siendo hoy de 82 años.
El poema de Barbani narra con el mismo nivel de importancia la muerte de una vaca y la de una madre con su neonata.
Los miembros de una familia campesina eran valorados en razón de su utilidad. En este contexto, la muerte de personas ancianas de niños y mujeres o de los enfermos crónicos era considerada como acontecimiento menor.
La poca carga afectiva hacia estos miembros de la familia estaba marcada por la miseria que los volvía estrechos de corazón. Sobrevivían los más fuertes y los demás eran considerados como una carga desechable.15
La familia era valorada bajo el punto de vista de lo que ofrecía en vistas a la sobrevivencia. A tal punto que nadie deseaba llegar a la ancianidad porque se convertían en una carga demasiada pesada para su familia. Esta mirada aparece en el poema de Barbani dejando entrever una valoración negativa hacia las mujeres, los niños y los ancianos.
Un alto nivel de embrutecimiento era el efecto no deseado de las condiciones tan extremas en las que debían afrontar sus vidas los habitantes del véneto pre-alpino y alpino.
Es evidente que ante un contexto que empobrecía a las personas en todas sus dimensiones, la idea de emigrar se volvía irresistible, al tiempo que constituía un desafío que sólo los más aptos lograban afrontar.
El bar del pueblo era el lugar donde, fuera del control moral del sacerdote y del patrón de turno, los campesinos podían compartir sus penas.
“..., seradi a l’ostaria,
co un gran pugno batù sora la tola:
“Porca Italia” i bastiema: “andemo via!16”
Definitivamente, la inmigración no fue fruto del espíritu aventurero que suele atribuirse al pueblo italiano, sino una necesidad de sobrevivencia casi absoluta. El dilema para muchas familias era morir lentamente en la pobreza o emigrar.
Las opciones más frecuentes fueron dos: emigrar temporalmente buscando zonas y períodos de producción dentro de la misma Europa, asumiendo el formato de inmigrantes “golondrinas” o bien arriesgarlo todo y partir hacia América.
La primera opción estaba asociada al ciclo productivo agrícola que permitía el alejamiento temporal de la mano de obra local. El perfil del inmigrante golondrina era el de un hombre joven que se alejaba del hogar durante un período más o menos largo del año.
Este hecho recargaba las tareas domésticas de las mujeres, que debían asumir todo el peso de la crianza de los hijos y el mantenimiento de las humildes parcelas familiares durante la ausencia del padre de familia y de los hijos mayores.
La mujer pasaba a ser de este modo una víctima más dentro del proceso inmigratorio. A tal punto que, poco a poco, los trabajos del campo comenzaron a ser considerados secundarios y por lo tanto, reservados a ellas.
Ante tantas penurias, la inmigración se afianzó como la única “profesión” capaz de procurar un proceso de dignificación de la vida.
El formato de la inmigración definitiva hacia América comenzó a generalizarse hacia el año 1870. Los primeros en partir no fueron los más pobres, sino aquellos que podían pagar el coste de sus viajes.
Eran por lo general pequeños propietarios que vendían cuanto tenían para conseguir las doscientas o trescientas liras necesarias para pagar el billete de la nave que les llevaría hasta América.
En no pocas ocasiones, si el campesino no obtenía buenas cosechas no podía hacer frente a los pesados impuestos estatales y la alternativa que le quedaba era la inmigración, dejando lo poco que tenía empeñado o a nombre de un arrendatario17.
Llegado el momento, las favorables políticas inmigratorias de Estados Unidos, Brasil y Argentina permitieron el transporte gratuito de grandes contingentes de campesinos, especialmente durante las últimas décadas del siglo XIX.
La dinámica social que se desprendía del movimiento inmigratorio, era a su vez fuente de profundas transformaciones, no siempre bienvenidas ni deseadas.
Por un lado permitió que todo siguiera igual, al servir de válvula de escape frente a la pobreza de recursos. Al haber menos personas que atender, la economía local se distendía, el poder político se veía aliviado, al tiempo que la naciente clase obrera perdía la fuerza reivindicativa ejercida por los sindicatos.
Pero esa era solamente una cara de la moneda. La otra fue la inestabilidad cultural motivada generalmente por las vivencias de los inmigrantes temporales que, al contactar con la realidad ciudadana y obrera, volvían a sus pequeños poblados cargados de ideas y exigencias de cambio. Esto ocasionó no poca preocupación moral a la Iglesia y político-económica a las clases dominantes.
Estos contraluces del fenómeno inmigratorio dieron lugar a posicionamientos de todo tipo. En algunos casos se acusaba a las empobrecidas familias que partían a tierras lejanas de traidores y desertores que abandonaban la patria cuando ésta más los necesitaba. El naciente proceso de industrialización se quedaba sin mano de obra barata.
El gobierno italiano se preguntaba cómo actuar ante la fuga masiva de recursos humanos. En 1868, el Primer Ministro Luigi Federico Menabrea publicó una circular exigiendo a los que emigraban un contrato de trabajo en la tierra de acogida, así como adecuados medios de subsistencia. De no cubrir ambas exigencias, no recibirían el necesario pasaporte por parte del gobierno.
En 1873, directamente se restringió la concesión de pasaportes y en 1883 el Ministerio del Interior obligó a los funcionarios a retener a obreros y agricultores deseosos de emigrar, bajo la amenaza de medidas disciplinares para los alcaldes que no lo hicieran.
Para escapar de estas exigencias estatales, muchos solicitaban pasaporte para un país europeo vecino o bien partían sin pasaporte alguno hacia Francia, Bélgica o Alemania para, una vez allí, embarcar en sus puertos y dirigirse hacia América.
En el año 1876 se editó en el diario “La plebe” de Milán, la respuesta de un grupo de campesinos lombardos al ministro Nicotera, autor de una circular restrictiva de la emigración. “Mírenos a la cara, señor barón; nuestros rostros pálidos y amarillentos, nuestras mejillas hundidas, ¿no acusan con su muda elocuencia nuestro cansancio y falta de nutrición? Nuestra vida es tan amarga que casi es la muerte. Cultivamos el trigo pero no sabemos qué es el pan blanco. Cultivamos el vino, pero no lo bebemos. Criamos animales pero jamás comemos carne. Vestimos harapos y habitamos en cuevas. ¿Y con todo eso usted pretende que no emigremos?”
Sin duda fueron muchas y de peso las razones en juego para romper la inercia natural de arraigo al terruño y superar las medidas disuasorias del gobierno.
En esa policromía, cuyo denominador común fue la pobreza, encontramos los porqués de una aventura tan arriesgada, asumida por millones de familias.
Así lo expresa el Prefecto de Vicenza en un informe elaborado en el año 1890: “A la emigración se abocan muchísimos campesinos, impulsados no tanto por la esperanza de hacerse ricos en poco tiempo en América, sino por la imposibilidad de sostener mínimamente sus vidas en su patria, asumiendo todo tipo de riesgos y sacrificios”.
Para muchos pequeños poblados rurales, la emigración en masa, significó su desaparición18. “Fue la población más capacitada, menos resignada, con un cierto patrimonio para emprender una nueva vida, la que emigró, dando lugar a un proceso