Perspectivas de la clínica de la urgencia. Ines Sotelo
psicoanálisis se inscribe entonces, con otras psicoterapias, en una voluntad de no limitar el trauma a un fuera de sentido cuantitativo. Considera que, en el accidente más contingente, la restitución del trauma del sentido, de la inscripción del trauma en la particularidad inconsciente del sujeto, fantasma y síntoma, es curativo.
En esta perspectiva, el psicoanalista es un dador de sentido. Cuida, haciéndose una suerte de “héroe hermenéutico” de la comunidad de discurso de la que procede. Como psicoterapeuta, es el que reintegra al sujeto en los diferentes discursos de los que ha sido apartado. Puede serle necesario, como terapeuta, el reanudar al sujeto al discurso de la ley, de la escuela. Son las diferentes figuras del discurso del amo que vienen en oposición al fuera de sentido al sujeto después del impacto inicial. Es por allí que el sujeto puede reconciliarse con el desorden del mundo.
El psicoanálisis se apoya ahí sobre el inconsciente como un dispositivo que produce sentido libidinal. Esto supone desconfiar de la inscripción del sujeto en grandes categorías anónimas y preservar su particularidad. Esta aproximación se aleja entonces de Alcoholics Anonymous. No desconoce, sin embargo, la importancia del lazo con el grupo y puede darle su lugar, por ejemplo, por el tratamiento en grupo de traumatizados por tal catástrofe aérea, de tal atentado específico, de tal guerra, etc. El reconocimiento de un trauma particular, propio de cada uno, es un medio de producir un reconocimiento y entonces, un sentido. Esto supone también mantenerse a distancia de las psicoterapias autoritarias, del consejo imperativo, de la sugestión. Finalmente, se trata de no hacer de este psicoanálisis aplicado el siervo de la quimioterapia. Puede estar combinado, ciertamente, con un sostén medicamentoso durante el tiempo necesario.
Pero el traumatismo de lo real puede comprenderse en otro “sentido”, el que desarrolla J.-A. Miller en su comentario de la última enseñanza de Lacan. Las relaciones del Otro y del sujeto pueden ser también tomadas al revés. Hay simbólico en lo real, es la estructura del lenguaje, la existencia del lenguaje en el cual está tomado el niño, el baño de lenguaje en el cual cae. Es este sentido, es el lenguaje que es real o, al menos, el lenguaje como parásito fuera de sentido del viviente.
No aprendemos las reglas que componen para nosotros el Otro del lazo social. Seguimos las reglas que aprendemos con otros. El sentido de las reglas se inventa a partir de un punto primordial, fuera de sentido, que es “la atadura” al Otro. Es un punto de vista más próximo al segundo Wittgenstein y a su argumento de constitución de una “comunidad de vidas”, que constituye una pragmática primordial. En esta perspectiva, después de un trauma, hay que reinventar un Otro que no existe más. Hace falta entonces “causar” un sujeto para que reencuentre reglas de vida con un Otro que ha sido perdido. No se reaprende a vivir con un Otro así perdido. Se inventa un camino nuevo causado por el traumatismo. Es más bien por la vía de lo insensato del fantasma y del síntoma que se traza esta vía. Es por lo que excede a todo “sentido” posible en la causa libidinal que esta vía es posible. Así podemos figurar el estatuto del lenguaje en lo real:
Es una vía donde la producción de sentido se separa de toda aproximación “cognitivista”. No se aprende más a vivir después del trauma como se aprenden las reglas del lenguaje. Se inventa el Otro del lenguaje superando la angustia de la pérdida de la madre, “causado” por la madre. Más profundamente aún, la inmersión en el lenguaje es traumática porque comporta en su centro una no-relación. La no-relación sexual no es jamás escrita. Queda siempre como una regla que falta inventar, pero que siempre está en falta. Es lo que hace que Lacan haya podido decir que el traumatismo es en última instancia el trauma sexual. Es un sentido muy diferente del que utiliza la OMS para dar cuenta de la sexualidad.
En esta aproximación, el analista ocupa el lugar de la pérdida esencial del objeto. Si puede ayudar a un sujeto a reencontrar la palabra después de un trauma, es que llega a ser él mismo el lugar del trauma. Es en este sentido que Lacan pudo decir que “el analista es traumático”. Es como el lenguaje mismo lo es. Puede ocupar este lugar de lo insensato porque su formación lo llevó a reducir el sentido del síntoma a su núcleo más próximo a una contingencia fuera de sentido. Digamos que él no cree más en el sentido.
El psicoanalista puede entonces calificarse como un trauma “suficientemente bueno”, porque él “empuja” a hablar. ¿Cómo osar enunciar una semejante proposición? Es decir lo mismo que una persona me confió aquí mismo, en Nueva York: el 11 de septiembre tuvo la consecuencia sorprendente de desplazar los límites del discurso. Nos pusimos a hablar con gente con la que no hablábamos y de cosas de las que no hablábamos. Miembros de una familia que se habían tornado desconocidos uno respecto al otro se han reconciliado; se han creado lazos nuevos. En este sentido, el analista es un partenaire que traumatiza el discurso común para autorizar otro discurso, el del inconsciente. No es el analista como “héroe hermenéutico”, es más bien el que sabe que el lenguaje, en su fondo más íntimo, queda fuera de sentido. Sabe que “el lenguaje es un virus”, como lo dice el título de una canción de la performing artist Laurie Anderson.
Por la posición que el analista ocupa, es el garante del surgimiento del inconsciente que emerge siempre en su dimensión de ruptura con el sentido establecido. Como Otro discurso, está consagrado a una posición non-sensical, es un partenaire anti-hermenéutico, como los héroes de Rainman o de Forrest-Gump. Es aquel que sabe que el lenguaje funciona como la repetición insensata del “run, Forrest, run!” que escande el film, corre con el sujeto contra el sentido.
El análisis como narración y el análisis como instalación
El analista sabe así que opera con materiales frágiles. El análisis no es la puesta a punto de la metáfora o del relato de la vida de cada sujeto. No es “el relato que convendría” en el lugar de la historia que no hay, una vez recuperado el dossier perdido bajo la represión. El análisis se parece más bien, en esta perspectiva, a una instalación precaria, como las que encontramos ahora en todos nuestros museos o en ocasión de grandes ceremonias de la comunidad artística que llamamos bienales. Hace poco vi en el Whitney Museum una de estas instalaciones. Se trataba de una sala donde el artista John Leaños había reconstituido una suerte de seudo exposición arqueológica consagrada a la cultura del “Azteclan”. Esta cultura habría estado centrada no sobre el sacrificio sangrante como los antiguos mayas, sino sobre la castración ritual. El título de la instalación era Remembering castration. Es lo que queda cuando la castración no quiere decir más nada trágico para nuestra cultura. Se juega entonces con el pasado de un mundo donde habría existido la significación ritual de una operación tal. La instalación entera es una suerte de frágil operación sobre lo que nos queda de sentido en torno al falo. Más vale concebir el análisis así que como una metáfora narrativa plena de sentido. El analista, en esta segunda posición, se sitúa más allá o no alcanzando una concepción terapéutica del sentido.
En la primera posición, la de una reparación del sentido, el analista es más evidentemente terapeuta. Pero en la segunda posición, percibe el sentido mismo como un objeto peligroso. Pude producir “overdoses” que lo vuelven inoperante. Es así imposible de interpretar más las “arañas” de Louise Bourgeois más de lo que ella mismo lo hizo. Tendrá entonces el analista que medir, para cada sujeto, hasta donde él puede presentar los dos polos de su acción. Depende evidentemente de los “traumas” exteriores que el analizante padeció. Pero es necesario que el analista sepa que no puede reducir su posición a la de un dador de sentido, o a la de aquel que restituye el sentido reprimido.
Con los filósofos del lenguaje y contra las aproximaciones cognitivistas, sabemos que el lenguaje hace otra cosa que codificar una experiencia del viviente. No es un código más en la multiplicación de códigos sensoriales, el código de la visión, de la audición, del afecto, etc. Pero, a diferencia de la aproximación filosófica de la relación intersubjetiva que puede tener un filósofo americano contemporáneo como Donald Davidson, el psicoanalista sabe que no es un “mundo común” y compartido que es la referencia última del lenguaje. Lo que nos es común es más bien la referencia al trauma lenguajero, lo que realmente hace obstáculo a la constitución de un mundo. Lo que es común a toda relación intersubjetiva es la no existencia de relación sexual,