Perspectivas de la clínica de la urgencia. Ines Sotelo
de cierto desanudamiento.
La angustia, nombrada como pánico, fobia, trastorno de… en las clasificaciones actuales del DSM, es para el médico, lector del hecho de discurso, un síntoma a eliminar, y como tal dispone de los fármacos precisos para acallarla. El psicoanalista presente en la guardia, solo considerará la eliminación de los síntomas una vez establecida su función, distinguiéndolos claramente de la de la angustia que siempre indica un punto crucial del sujeto. Para el neurótico, afirma Eric Laurent, si no hubiera angustia todo sería un teatro de sombras; afecto que no engaña porque conduce a lo real planteando la pregunta por el deseo localizando al Otro en su causa. Instalación de la transferencia que permitiendo ubicar el síntoma desangustia al sujeto evidenciando la eficacia singular del psicoanálisis (10).
Localizar al sujeto de la urgencia
Es frecuente que a las guardias o admisiones llegue el supuesto paciente acompañado de otros: familiares, amigos, vecinos, una orden judicial, las quejas de los maestros, quienes parecen más afectados que el sujeto mismo.
¿De quién es la urgencia? ¿Hay diversos sujetos implicados? ¿Qué respuestas darle a cada uno?
La modalidad de intervención será absolutamente diferente desde el paradigma médico que desde el psicoanalítico. J.-A. Miller propone el movimiento que va de la avaluación clínica a la localización subjetiva, ya que la experiencia analítica, al no estar constituida en la objetividad, necesita del sujeto en cuestión como referencia ineludible (11).
Si buscamos al sujeto en la objetividad, en lo observable, no vamos a encontrarlo, no vasta con la descripción de los hechos sino que necesitamos ubicar de qué modo el síntoma da cuenta de ese particular modo de gozar.
Las preguntas acerca ¿cómo llegó a la guardia? o ¿por qué eligió esta institución? posibilitan que el sujeto ubique algunos significantes que se enlazarán en la transferencia.
Las urgencias de hoy, afirma Ricardo Seldes, “implican que los modos de gozar de los sujetos pueden ir en cortocircuito con el inconsciente, es decir que no se precisa de él para gozar” (12).
La invitación a construir un relato, a localizar la aparición de la urgencia y su relación con acontecimientos de la vida, posibilita comenzar a armar una trama, ligando S1–S2, la urgencia comienza a hacerse propia.
El analista lo orienta a vincular lo actual con momentos cruciales de su historia, formulándose algunas hipótesis que aunque provisorias y destinadas a perderse aportan un texto a la lógica del caso.
La urgencia, que podemos entenderla como grito en tanto ficción lógica por fuera de la palabra, se transformará en llamado en tanto el analista constituido como Otro que acusa recibo sancione con su poder discrecional, aquello que escucha. Desde la ética del psicoanálisis, será entendida como un hecho de discurso que habrá que poner a decir, quedando en el centro de la escena la posición del sujeto mismo.
En estos dispositivos se verifica que aquello que es urgente para la familia no coincide con lo que angustia al sujeto: padres que consultan por las distracciones en la escuela y el riesgo de repetir el grado, mientras el niño por su parte se nombra como “distraído” en relación a su adopción; la paciente que no entendía la orden de internación de la juez cuando en realidad era su vecina la que debía ser encerrada porque le enviaba palabras envenenadas, o la joven acosada por las voces que es traída por los padres preocupados porque fumaba porro.
La localización subjetiva, a partir de ubicar el decir, la enunciación en tanto posición del sujeto que enuncia, permite diferenciar niveles de verdad en cada uno de los actores. Más allá de la evidencia, frecuentemente se realizará más de una derivación a tratamiento, si ha habido quien aloje a cada sujeto.
Instante de ver, tiempo de comprender que las entrevistas desplegaron abriendo la hiancia, y que concluye en una precipitación: la subjetivación de la urgencia.
Aquello que irrumpió como ajeno se encarna; así “el insomnio” puede transformarse en un “mis miedos me desvelan”, o el “ataque de pánico” en “el miedo de convertirse en padre”, y el “infarto” en “problemas del corazón”. Localización subjetiva que introduce al sujeto del inconsciente quien apropiándose del sufrimiento, se confronta con la X, el enigma de la causa. El sujeto es la caja vacía, lugar de su propia ignorancia, del que no sabe lo que dice, siendo el lugar de la enunciación el lugar del inconsciente (13). La respuesta del Otro, S2, será el índice de saber que posibilita la representación significante del sujeto (14), y la conclusión de ese espacio preliminar en que se constituyó el dispositivo de guardia o de admisión.
Urgencia y gravedad del caso
Las situaciones de guardia suelen ser sumamente complejas, y requieren de precisión diagnóstica para calcular entre otras cosas la gravedad del caso.
La presentación clínica toma frecuentemente la modalidad de acting-out o pasaje al acto, poniendo, en muchas ocasiones, en riesgo la vida del paciente o la de otros.
Una vez más la objetividad de lo observable, solo nos dará parecidos, engañosa clínica de la mirada que mostrándonos la pasividad encubre el preludio de un acto suicida o el pasaje al acto como la salida de la perplejidad psicótica.
Cortes, ingestas, alucinaciones, delirios, gritos, manifestaciones ruidosas de la urgencia que llaman a la intervención inmediata, al no hay tiempo, y conducen a la aplicación de protocolos estandarizados para poner a salvo la vida. La institución hospitalaria, con sus múltiples abordajes profesionales, aloja también al analista quien sabiendo derivar para estas prácticas inmediatas, entiende que hay un más allá, que habrá que pasar del hecho al dicho.
Y entre esos dichos que soportan la enunciación del sujeto, logra diagnosticar el riesgo suicida, la melancolización, la posición de objeto de quien se ubica como desalojado del Otro, aunque no lo muestre con evidencia.
En otro extremo, la vivencia subjetiva de no poder esperar, de haber alcanzado un punto límite aunque no conlleve, en principio, riego de vida, es también un modo de llegar a las guardias y de confrontarse frecuentemente con el “usted no tiene nada” de quienes tienen a su cargo la resolución de “casos graves”. Mientras tanto, el analista oportunista, como lo llama Miller, no desaprovecha las oportunidades que se le presentan para legitimar el modo de padecer de quien consulta.
En tiempos de la medicalización generalizada el analista ofrece una eficacia terapéutica a través de una prescripción muy particular: se prescribe a sí mismo produciendo a través del lazo transferencial una satisfacción obtenida del analista objeto (15). Sin dudar de la necesidad de su uso en momentos cruciales tales como la excitación psicomotriz, los estados alucinados, la ansiedad extrema, sabemos también que los psicofármacos no curan sino que permiten cierta modulación, regulación del exceso abriendo paso al trabajo siempre que el sujeto esté dispuesto. “El medicamento es extraído del lenguaje por la ciencia pero es el sujeto quien lo reintroduce en la estructura…y efectúa la reinscripción del medicamento en las categorías del dicho” (16).
Urgencia y tiempo
Retomemos la pregunta del inicio; frente a la prisa por concluir que atraviesa a quienes participan de la urgencia, el analista propone una pausa, en principio para leer lo que acontece.
Si la política en juego, más allá del dispositivo del que se trate, es la de la ética del psicoanálisis, entonces habrá analista.
La estrategia transferencial será la de ofrecerse allí como Otro para que algo comience a ser dicho, aunque aún no estén dadas las coordenadas para el inicio de un análisis.
La táctica podrá ser variable y los hospitales obligan a derribar toda impostura, sin embargo habrá analista en tanto táctica, estrategia y política se articulen con todo rigor.
Frente al encuentro con lo real del desencadenamiento psicótico o del estallido de la neurosis, la prisa por concluir conduce muchas veces al pasaje al acto; tratamiento de lo real por lo real con el que el sujeto intenta desembarazarse.
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