Religión y juventud. Luis Bahamondes

Religión y juventud - Luis Bahamondes


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la idea de que el sujeto exitoso va unido al nivel de ingreso que es capaz de generar, fomentando la competitividad y el individualismo.

      Como señala el estudio elaborado por Sernac (Servicio Nacional del Consumidor) el año 2015, el sistema financiero (bancos y casas comerciales), amplió su cartera de clientes sobre la base de jóvenes estudiantes en la etapa de educación superior. En el caso de las instituciones bancarias un 61 % de ellas ofrece algún tipo de producto financiero para el nicho de jóvenes en educación superior, “[…] el 100 % los ofrece a estudiantes universitarios, el 77 % ofrece algún tipo de producto a estudiantes de institutos profesionales y el 62 % ofrece algún producto financiero a los estudiantes de centros de formación técnica” (Sernac, 2015: 35).

      En el ámbito cultural, el marco de acción de los chilenos está definido por el consumo cultural, debido a la importancia de lo material en cuanto a lo que significa para la sociedad. Más allá de un acto privado, su significado recae en fundar una forma específica de organización social, en donde los medios materiales y simbólicos pueden ser adquiridos a través del dinero o del derecho (Güell y Peters, 2012). En este sentido, la consolidación del mercado promueve la instauración del consumo como una forma para objetivar y compartir significados que nos posicionan dentro de la sociedad, es decir, el consumo como símbolo de estatus (Moulian, 1999: 60). El emblema de esta cultura de consumo se nos presenta en la actualidad como centro comercial. El Chile actual está influido por este lugar de paseo y encuentro que sintetiza la combinación de consumo, esparcimiento y paseo público (PNUD, 2002: 103). La pretensión de colectividad que se forma en este espacio privado, con aspectos de espacio público, da cuenta de una sociedad controlada y vigilada por el consumo que gobierna sociedades desiguales bajo el individualismo (Moulian, 1999: 64).

      Ahora bien, de la mano con este régimen cultural, se encuentra el creciente acceso a las tecnologías de comunicación e información. Por una parte, se universaliza la cobertura eléctrica, la telefonía y la disposición de televisores dentro del hogar (PNUD, 2002: 141) y por otra, crece también el acceso a nuevas tecnologías como el internet y los computadores. La posibilidad de acceder a mundos culturales de otros lugares del planeta se incrementa considerablemente, provocando el distanciamiento o quiebre entre la cultura y el territorio, dando paso a un nuevo espacio cultural electrónico (Larraín, 2011: 111). El fenómeno de la globalización impacta al país con la fragmentación de las fronteras, aumentando la permeabilidad de estas y la posibilidad de acceder a circuitos globales de referentes. Esto, a su vez, propicia la valoración de la diversidad cultural y las diferentes interpretaciones de los ámbitos de la vida que subyacen en el globo. Dice Lyon:

      Los cambios culturales respecto de las situaciones posmodernas intensifican la tendencia a formas de individualismo, pero no se trata en absoluto de formas no religiosas de individualismo. La cuestión es más compleja. Es indudable que en un mundo de comunicación instantánea, historia de parque temático e información por Internet, cierto énfasis religioso tradicional a largo plazo, la estabilidad, lo canónico y lo comunal se hallan bajo presión (2002: 58).

      Los cambios y las transformaciones que impactan a la sociedad chilena, inciden en sus expresiones religiosas en la medida en que se ha generado un contexto de individualización y debilitamiento de referentes tradicionales (PNUD, 2002: 234). De acuerdo con el informe del PNUD (2002) titulado Nosotros los chilenos: un desafío cultural, el debilitamiento de los imaginarios tradicionales de chilenidad, de comunidad política y la necesitad individual de diseñar la identidad, han afectado a los vínculos de las personas con la religión y sus expresiones institucionales. Al contrario de las predicciones de los teóricos de la secularización, la religión no desaparece, sino que se modifica su imagen. De acuerdo con el mismo informe, ante la pregunta: ¿Cuál de las siguientes alternativas expresa mejor su espiritualidad o inclinación religiosa? 58 % cree en Dios a mi manera; 33 % creo en Dios y participo en una Iglesia; 5 % es una persona espiritual; es decir, solo el 4 % del total de la muestra no se declara creyente. Para el 2018, el horizonte religioso en Chile está compuesto por 58 % católicos; 16 % evangélicos 3 % otra religión y 21 % ateos o ninguna (Encuesta Bicentenario, 2018). En este contexto, el 92 % de quienes afirman profesar una religión se considera creyente en Dios (Pew Research Center, 2014: 51). Las expresiones que utilizan para calificar su creencia en Dios son: creo en Dios y no tengo duda de ello 80 %; en algunos momentos sí, en otros no 17 %; y no creo 2 % (Encuesta Bicentenario, 2018). Bajo este marco, la importancia de la religión es central en la vida de los chilenos/as con 41 % (Pew Research Center, 2014) trascendencia que se refleja en la presencia de religiosidades paralelas y personas religiosas fluctuantes (Champion, 1997: 717) quienes yuxtaponen religiones no cristianas, diversos esoterismos, y todas las creencias y prácticas pararreligiosas, antiguas y nuevas.

      A modo de ilustración de lo anteriormente señalado, una de nuestras entrevistadas da cuenta de lo que Davie (2007) reconoce como el “creer sin pertenecer” y lo que Champion (1997) cataloga como “religión a la carta”:

      Creo que uno se vinculó mucho más con ciertas cosas, con ciertas imágenes que con la institución como tal. Entonces, en mi caso, yo tengo una conexión entre comillas con la virgen de Guadalupe, pero no con lo que significa globalmente la religión católica, específicamente (Entrevistada U9, NSB, fe pasiva).

      Juventud y religión en Chile

      Dentro del estudio de los comportamientos juveniles, el primer problema con que se encuentra el investigador tiene relación con las diferentes definiciones que existen en torno a lo que es la juventud. La enorme literatura existente sobre culturas y formas de asociatividad juvenil (grupos, tribus urbanas, pandillas, etc.), ha ido en crecimiento desde mediados de siglo XX, en la medida que la agencialidad de los jóvenes, en tanto grupo diferente a los adultos o niños, comenzó a adquirir notoriedad social. Por otra parte, la diversidad y transformación respecto de lo que lo juvenil implica, ha permitido vislumbrar el carácter socialmente construido que posee el concepto (Zarzuri, 2000), favoreciendo la desnaturalización del mismo al comprenderlo no como una fase natural del desarrollo humano, sino como parte del devenir histórico de la sociedad industrial moderna (Grob, 1997). En otras palabras, aun cuando algunas transformaciones biológicas a determinadas edades parecen ser un hecho indesmentible, la concepción sobre lo que es y debería ser la juventud ha cambiado constantemente a lo largo del tiempo. Como menciona Feixa (2006), es posible afirmar que la juventud es “inventada” durante el siglo XIX y democratizada desde inicios del siglo XX en adelante. Esto ocurre de acuerdo a modificaciones que se dan en el mercado del trabajo, la familia, el desarrollo de la escuela, el servicio militar y las progresivas formas de asociación juvenil, las cuales se han articulado generacionalmente en torno a temas variados como la revolución social, el hipismo, la guerra, la paz, el rock, el amor, las drogas o la antiglobalización.

      De acuerdo con Duarte (2000), cualquier aproximación comprensiva respecto de los universos juveniles debe considerar siempre la importancia que tiene el lugar desde el cual se enuncia y observa. Por lo general, lo juvenil ha sido mirado desde una perspectiva adultocéntrica que ha logrado generar un conjunto de ideas y representaciones que incluso los mismos jóvenes internalizan y reproducen. Estas ideas, tradicionales y conservadoras en muchos sentidos, hablan de la juventud como “una etapa de la vida” que prepara a la adultez laboral, económica y social; como “un grupo social” diferenciable por la edad (muchas veces variable según la legislación o instrumento de medición vigente); como “una actitud frente a la vida” de tipo positiva, enérgica, vital o rebelde; o incluso, como “la generación del futuro”, vale decir, aquellos que una vez que se encuentren en un estado de madurez suficiente, se harán cargo de la sociedad y del porvenir. Cada una de estas concepciones tiende a producir percepciones generalizadoras, homogeneizadoras y estigmatizadoras sobre lo que implica lo juvenil, negando la diversidad interna existente en los mismos y sus posibilidades de participar en su propia reflexión y definición de forma autónoma. Como menciona el propio Duarte:

      Dichas racionalidades actúan como contenedoras de una matriz cultural que sustenta estas miradas y discursos en torno a la existencia de la juventud. Dicha matriz da cuenta de una construcción sociocultural que sitúa a este grupo social, sus producciones y reproducciones como carentes, peligrosas, e incluso les invisibiliza sacándolos de las situaciones presentes y los resitúa en el futuro inexistente (Duarte, 2000:


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