Carmela, la hija del capataz. Charo Vela

Carmela, la hija del capataz - Charo Vela


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Lola, que estaba muy encariñada con su enamorado.

      —Lo sé, mi niña bonita, pero aquí no tengo ya trabajo y allí sí. Hay que ir donde te dé para poner la olla, como me dice mi madre.

      —¿Y si te olvidas de mí? —Lloriqueaba apenada.

      —Eso ni lo pienses. No temas, vendré a verte. —Miró a ambos lados, vio que nadie los miraba y la besó en la mejilla con cariño. Lola había calado hondo en su corazoncito y no quería verla triste—. Bueno, no pensemos en eso. Nos queda un mes para estar juntos.

      Llegaron las Navidades y con ellas días de mucho trabajo en la casona, pues venían invitados. Luego, por la noche, ya relajados en la casa del guarda, disfrutaban los cuatro en familia de buenos momentos. En Nochebuena cantaron villancicos y degustaron alimentos, tortas, mantecados y turrones, que solo algunos afortunados podían probar en Pascuas y que Irene había conseguido a buen precio en la tienda de Manuel «el Nani», en Mairena. Como Carmela y Lola trabajaban en el almacén de aceitunas entraban cuatro sueldos en la casa, no muy grandes, si bien les daban para permitirse comprar comidas especiales para estas fechas, ropa de abrigo para el frío invierno e incluso tener algunos ahorrillos.

      Irene tenía una hucha para cada una de sus hijas. Allí cada mes guardaba una parte de sus sueldos. Estaba juntando para el ajuar de ellas; así cuando les llegase el momento de casarse podrían comprarse sus enseres y ropa de hogar con sus ahorros.

      El día de Navidad, cuando estaban todos en el patio felicitándose, Tomás le dio una nota a Carmela sin que nadie lo viese. Luego, sin decir nada, desapareció. Esta, intrigada, se excusó y se retiró a su casa. La abrió a solas en su alcoba y leyó lo que ponía:

       En media hora te espero en la bodega, tras las barricas del vino dulce. Ven sola.

      Carmela, al terminar de leer la misiva, notó que el pulso se le había acelerado. ¿Qué secretismo se traía entre manos? Se asomó de nuevo al patio y no vio a nadie. Se dirigió hacia la bodega. Miró varias veces alrededor por si había alguien cerca. Al ser día festivo todo estaba tranquilo. Se dirigió al lugar donde Tomás la había citado. Iba agitada al mismo tiempo que entusiasmada.

      Cuando llegó, Tomás estaba escondido al fondo, tras los toneles. Tenía un paquete entre las manos. Antes de que ella dijese nada, él le explicó:

      —He estado ahorrando durante mucho tiempo para poder comprártela. Espero que te guste. —Alargó las manos y le entregó el regalo. Ella, nerviosa, empezó a abrir el paquete con rapidez.

      —¡Una muñecaaa! ¿Es para mí? —Él asintió con la cabeza, sonriendo.

      —Sí, te lo prometí. ¿Te acuerdas? —Ella asintió emocionada y unas lágrimas se escaparon por sus mejillas—. ¡Pero no la vayas a bañar! — Ambos sonrieron al recordarlo.

      —Gracias, Tomás. ¡Es preciosa! —Se acercó a él, se estiró un poco, pues era más baja, y sin pensarlo le dio un beso en la mejilla.

      Tomás en ese instante pasó su brazo por la cintura de ella y la acercó a su cuerpo. Con los dedos empezó a limpiarle las lágrimas.

      —Carmela, no quiero verte llorar. Me encanta cuando ríes. Escuchar tu risa fresca me hace sentir bien. Me gustas mucho. Creo que… desde siempre. —Ella tembló, nerviosa. Quería soltarse y huir, pero sus pies se negaban, no la obedecían. Su corazón latía alborotado, bailando al son de una música inexistente. En su estómago se habían instalado cientos de mariposas que danzaban al ritmo de su agitado pulso. Quería escapar y, a la vez, no moverse del lugar.

      Estuvo unos segundos en los brazos de su querido amigo Tomás. Lo miraba perpleja, asimilando todavía su confesión. Este, sin pensarlo, abordó el espacio que los separaba y posó sus labios en los de ella. Fue un beso dulce e intenso que duró unos segundos. Carmela emitió un leve gemido, mezcla de sorpresa e inquietud. Sintió como una sacudida. Su corazón parecía galopar con frenesí dentro de su pecho. ¿Qué era aquello que sentía en su interior?

      Tenía las mejillas sonrojadas. De pronto, como un resorte, se soltó, lo miró intensamente a los ojos y le dijo alterada:

      —¡¿No te das cuenta?! ¡Esto no está bien, es pecado! ¡Santo cielo, tú eres el señorito! ¡Solo podemos ser amigos!

      Y salió corriendo de la bodega como si la persiguiese el mismísimo demonio.

      3. La boca calla lo que el corazón grita

      Carmela llegó alterada a su casa. Menos mal que no había nadie. Con los ojos inundados en llanto se dirigió a su habitación. No podía creer lo que había pasado. Por más que le doliese reconocerlo, le había gustado besarlo. ¡Qué locura! ¡Él era el señorito y ella…, una don nadie!

      ¿Y si alguien los había visto? Su cabeza era un caos, un maremoto de ideas contradictorias. Seguro que estaba en pecado. ¿Debía confesarse por besar al señorito? Daba vueltas en su alcoba como un animal herido y enjaulado. La muñeca, sobre la cama, parecía mirarla fijamente y entender lo que estaba sintiendo y se solidarizaba con su inquietud. Luna, su perra, empezó a ladrar de repente. Escuchó que su madre había llegado a la casa. Suspiró e intentó relajarse; no debía notarla alterada. Se enjugó las lágrimas, fue hacia la palangana y se refrescó la cara.

      —Hola, hija. ¡Qué cansada vengo! —Acudió a su lado y la besó, entonces sus ojos se posaron en la cama—. ¿Y esa muñeca tan bonita?

      —Madre, ¿se acuerda de cuando por culpa de Tomás se rompió mi muñeca? —Su madre le confirmó con un gesto. Ella tragó saliva para bajar el nudo que aún tenía en la garganta y le dificultaba hablar—. Pues se sentía culpable por ello y ha estado guardando dinero para comprarme una.

      —Tomás es un buen chico, de corazón noble. Otro, siendo el señorito, no se hubiese ni preocupado. Se parece mucho a su madre. Doña Teresa es toda una señora de los pies a la cabeza y muy generosa.

      —Eso es verdad. Es obvio que a ellos les sobra el dinero, pero no tienen por qué gastarlo en nosotras. Me ha gustado mucho, no me la esperaba.

      Esa noche Carmela no pudo dormir. Aún sentía el calor de los labios de Tomás en los suyos. De pronto se había despertado en ella una sensación nueva, inquietante y prohibida. Acudieron a su mente todos los momentos compartidos con él. Recordó que de pequeños él le pidió ser su novia y ella se negó, y que cuando ella casi se ahoga él se jugó la vida por salvarla. O cuando enfermó de sarampión y él la visitó. Siempre habían sido buenos amigos. ¿Había nacido algo especial entre ellos, más allá de una simple amistad?

      La mañana siguiente Carmela evitó encontrarse con Tomás; le daba vergüenza mirarlo a la cara. Por la ventana de su habitación observó cómo salía de las caballerizas montado a caballo y se alejaba al galope. Él no la vio.

      Tras el almuerzo, las dos hermanas estaban bordando cuando su madre llegó con prisas a la casa y les anunció:

      —Venga, hijas, vamos a arreglarnos. Vuestro padre le ha pedido prestado el Land Rover al señor Andrés y nos va a llevar a la capital a dar un paseo. Iremos a visitar algún portal de Belén y la iglesia del Salvador. Merendaremos chocolate caliente con unos churros por el centro. Ya está todo iluminado con luces navideñas. Vamos a aligerarnos para llegar antes de que anochezca.

      Media hora más tarde se dirigían a Sevilla. Cada año la familia al completo acudía a la ciudad en contadas ocasiones, como Semana Santa, la Feria de Abril y Navidad.

      Disfrutaron del viaje. Cruzaron el puente que pasaba sobre el río Guadalquivir, por donde navegaban algunos barcos; divisaron la Torre del Oro y la majestuosa Giralda, que parecía controlarlo todo desde las alturas. La familia Galián paseó por el centro. Visitaron iglesias, merendaron y comieron pescadito frito y castañas asadas. Se lo pasaron muy bien. Ya de noche volvieron al cortijo.

      Todo estaba en silencio cuando llegaron. Era tarde y se fueron a descansar. Carmela, aunque había disfrutado bastante toda la tarde, no había dejado de pensar en Tomás. Se


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