En Estado sólido. Rodrigo Henríquez Vásquez
con la actividad de fuerte oposición de las fuerzas capitalistas y de derechas, a que el Frente Popular entrara en crisis y con ello la dimisión Léon Blum en junio 1937. El conflicto interno de los partidos frentepopulistas franceses continuó hasta comienzo de la Segunda Guerra Mundial, hundiendo la estructura de la Tercera República que, para el inicio del conflicto, podía darse por agotada. El derrumbe del Frente Popular francés dejó abruptamente de tener importancia para la prensa frentepopulista chilena y un marcado interés para la prensa liberal como El Mercurio. A partir de julio de 1936, el protagonismo se lo llevó el golpe de Estado llevado a cabo por Franco. Sin embargo, el Frente Popular español tuvo un seguimiento más detenido de la prensa chilena probablemente por la cercanía cultural e idiomática con España. Otro factor importante fue la presencia de una consolidada colonia española. Hacia 1930, la población hispana radicada en Chile era de unos 45.000 residentes repartidos sobre todo en las grandes ciudades de Santiago, Valparaíso y en las provincias del norte.
Las elecciones de enero de 1936, en las que debutó la versión española del Frente Popular, fueron seguidas con abiertas comparaciones al frentepopulismo chileno. El diario radical socialista La Opinión señaló en su Editorial:
“no hay nada que atraiga más simpatías ni que procure mejor ambiente de adhesión y solidaridad que el ser perseguido injustamente. […] en Chile estamos, tal vez, camino de desanudamientos semejantes, pese al ensoberbecimiento con que hoy las fuerzas reaccionarias imperantes desafían y vejan al único gran juez de la Democracia: el pueblo […] El mayor problema que deberá sortear Azaña será frenar las aspiraciones excesivas de las izquierdas asociadas y comunistas, amparándose en el compromiso de alianza con el acto electoral. El gobierno ha decidido intensificar una política social que permita ampliar el campo de los pequeños propietarios, como una panacea para combatir el extremismo”.46
Desde aproximadamente 1933, el Partido Comunista Español levantó tímidas iniciativas frentepopulistas como el Frente Popular en Málaga o el apoyo de las Alianzas Obreras –luego del levantamiento de Asturias de octubre de 1934–. Estos acercamientos estuvieron dirigidos para reactivar los vínculos con el sector más radicalizado del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).47 A partir de 1934, los espacios casi obligados de convivencia se fueron haciendo más comunes, aún sin tener la claridad táctica (o conveniencia política) de sus homólogos franceses y, al igual que otros partidos comunistas, incluyendo al chileno, el PCE tuvo a comienzos de 1935 confusiones acerca del nombre de la nueva estrategia política. El VII Congreso del Comintern no había comenzado y la experiencia francesa no daba una referencia clara para nombrar la nueva estrategia: ¿Frente Único o Frente Popular para nombrar la unidad de acción? El historiador Santos Juliá señala que esta confusión tuvo una justificación al menos para el verano boreal de 1935:
“[…] la preferencia que durante este verano se muestra hacia la expresión ‘unidad de acción’ sobre la tradicional de ‘Frente Único’ para designar la nueva política, indica que incluso ha existido la preocupación de introducir cambios semánticos que no levanten viejas resonancias. Ciertamente, los comunistas no renunciarán a la expresión de Frente Único, ni siquiera cuando la unidad de acción haya dejado paso al Frente Popular”.48
A pesar de esta aparente o real polisemia, el PCE actuó desde 1934 guiado casi exclusivamente por el PCF en materias políticas, traduciendo en muchos casos de manera literal las cartas que los comunistas franceses enviaban a los dirigentes de la SFIO, con la diferencia de que los socialistas españoles hacían caso omiso de los llamados a la unidad de acción de los comunistas. Los socialistas creían que el espacio natural de convergencia era la Alianza Obrera y no el Frente Popular.49 A pesar de que los socialistas españoles, al igual que en Chile y en Francia, eran más numerosos, temían organizar instancias en que estuvieran representados los diferentes partidos por la desconfianza de que los comunistas, menos numerosos, tendieran a utilizar esas instancias para su provecho, tal como hiciera la socialdemocracia alemana durante la República de Weimar que, a pesar de tener una clase obrera más preparada y especializada que los comunistas, no pudo con la propaganda del “socialfascismo” del KDP que terminó por hundirlos electoralmente.50
A partir de 1930 el socialismo español pudo revitalizarse con su entrada en el primer gabinete de la II República en los ministerios de Hacienda, Trabajo y Justicia, transformándose en el partido más votado en las elecciones de 1931. A pesar de ser la fuerza parlamentaria, a fines de 1933 el sufragio socialista disminuyó frente a la derecha. Las divisiones entre las diferentes facciones socialistas aumentaron la crisis entre quienes optaban directamente por la revolución, como Largo Caballero, y quienes seguían defendiendo el modelo socialdemócrata, como Julián Besteiro. El encendido discurso de Largo Caballero tuvo eco entre los sectores más radicalizados de la izquierda no comunista en el pacto que dio vida a la Alianza Obrera en 1933, a la que sumaron el Bloc Obrer i Camperol de Joaquín Maurín, algunos sectores trotskistas, la catalanista Unión Socialista de Catalunya y otros grupos anarquistas escindidos de la CNT. Los comunistas, anclados en las consignas del “tercer período”, vieron en esas alianzas otro experimento “socialfascista” repitiendo la estrategia del Frente Único.51
La entrada de la CEDA al Gobierno, en octubre de 1934, activó con mayor energía los contactos entre comunistas socialistas, a lo que se sumaría el partido de Izquierda Republicana liderado por Manuel Azaña. De hecho, las demandas de los radicales de Izquierda Republicana se presentaron como convergentes a las de socialistas y comunistas. Ellas incluían el restablecimiento de las garantías constitucionales, la libertad para los presos detenidos por los sucesos de octubre, la revisión de los expedientes de los funcionarios y obreros despedidos y el restablecimiento de los derechos sindicales eliminados luego de las revueltas ocurridas en octubre de 1934. Fue, como señala Juliá, una especie de pre-programa del Frente Popular, que luego se materializará a comienzos de 1936.52
La centralidad que tuvo en la conformación del Frente Popular el parti-do de Azaña hace que esta experiencia difiera del proceso frentepopulista francés en el que los comunistas tuvieron un peso más gravitante, quizás porque en Francia el apoyo del Comintern fue más decidido que en España. En ese sentido, y salvando las enormes diferencias, es posible buscar algunas similitudes con el proceso frentepopulista chileno, debido a que en él el factor decisivo no fue tanto la alianza entre socialistas y comunistas sino el desembarco de los sectores de centro, afines a la izquierda.
De cara a las elecciones de enero de 1936, el programa electoral del Frente Popular español fue reproducido en extenso en los diarios frentepopulistas chilenos. En especial interesaron los mecanismos internos de los partidos y las organizaciones participantes de cómo “dejar a salvo los postulados de sus doctrinas, han llegado a comprometer un plan político común que sirva de fundamento y cartel a la coalición de sus respectivas fuerzas en la inmediata contienda electoral y de norma de gobierno que habrán de desarrollar los partidos republicanos de izquierda con el apoyo de las fuerzas obreras, en el caso de victoria. Declaran ante la opinión pública las bases y los límites de su coincidencia política”.53 Los frentepopulistas chilenos vieron puntos de encuentro, más allá del tema fascismoantifascismo, entre sus propuestas y las del programa del Frente Popular español. Especialmente en el primer punto del programa español referido a la “amnistía y readmisión de los despedidos y reparación de las víctimas”, en el punto 2 de la Defensa de la República y cumplimiento de la Constitución y Libertad y justicia y en lo relativos al fomento y protección de la industria, obras públicas y enseñanza54. Otras medidas del Gobierno de Azaña, comentadas en clave chilena, fueron la disolución de las ligas fascistas y las sanciones al personal en retiro que participara en asociaciones ilegales: la referencia era a las milicias republicanas y al golpismo ibañista transversalmente omnipresente en la política chilena.55
Para los frentepopulistas chilenos, el Frente Popular español fue un ejemplo digno de ser imitado, sobre todo porque se “está desarrollando una labor utilísima para las masas que lo componen y que prueba hasta qué puntos de innegable trascendencia general se desplaza la actividad de organizaciones de su naturaleza”. Así como la unidad de los sindicatos franceses tuvo una buena acogida entre los trabajadores chilenos, la unidad de las juventudes socialistas y comunistas también fue un hecho