Transformaciones. Ley, diversidad, sexuación. Mónica Torres
algo más, no solo esa estructura dispone solamente de dos casilleros a los que sumarse (femenino o masculino), sino que produce un efecto de coherencia necesaria entre un sexo (genital y natural), un género (femenino o masculino) y un deseo (heterosexual). Esa tríada sexo/género/deseo estalla en las primeras líneas del texto. Y con ellas, las cabezas que se asoman a Butler por primera vez o desde otros territorios del pensamiento.
La propuesta butleriana provocó lecturas apasionadas, algunas demasiado entusiastas. Con la misma intensidad se criticó un dejo de voluntarismo según el cual bastaría con armar géneros a gusto o deshacernos del género impuesto como quien se quita (o se pone) un vestido. Es probable que esa lectura, combatida por la misma Butler en textos posteriores, tenga entre una de sus causas el hecho de que para comprender la dimensión coercitiva, deseante e intersubjetiva de la expresión individual de los géneros se exige conocer una parte sustancial del pensamiento del siglo xx. Entre otras estaciones, las modulaciones del deseo y el reconocimiento en Hegel, el psicoanálisis lacaniano pero también el de Freud, el Althusser de la interpelación, autoras de diferentes corrientes del feminismo y, por supuesto, Foucault. Todos tamizados por la máquina de pensar que es Butler y puestos a trabajar para explicarnos en Mecanismos psíquicos del poder (17) que la vida psíquica, lejos de ser un interior puro e intocado, es la instancia misma de producción –a través de la explotación de la necesidad humana de reconocimiento– de una identidad que nos convierte en un mismo paso en sujetos sujetados. Es decir, devenimos sujetos de la identidad, de la libertad, de la sexualidad en tanto asumimos la sujeción a un orden social y sexual, en fin, a la sociedad, a los otros.
Dicho todo eso sin pasar por otro libro tan fundamental como exigente: Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. (18) Allí Butler se enfrenta a otro conjunto de críticas (y autocríticas) que la orientan a teorizar sobre la materialidad del cuerpo y del discurso o, mejor, sobre cómo el lenguaje produce la materialidad de los cuerpos. Antes de abandonar la lectura en la segunda nota al pie en la que Butler explica su singular lectura de Lacan, hay que retener un aporte sustancial del libro, esto es, que no tenemos otro modo de concebir nuestros cuerpos sino es en este entramado de palabras en el que nacemos y vivimos. Palabras que compartimos con otros y que están, afortunadamente, en uso y disputa permanente. Es por eso que el lenguaje no se convierte en una cárcel equivalente a la naturaleza, sino el espacio de la promesa política: la posibilidad de hacer vivibles otros géneros, otros cuerpos, otros deseos.
Como se sabe, la piedra angular de su armado teórico es la noción de performatividad. Esta noción guarda relación, aunque equívoca, con la idea de performance teatral, pero encuentra su mayor justeza analítica en la filosofía del lenguaje. Butler hace una lectura de parte de John Austin desde Michel Foucault y Jacques Derrida, y genera un enfoque singular que le permite pensar la significación y las normatividad.
El “giro performativo” (19) ha sido retrabajado por Butler en textos sucesivos y constituye una seria discusión a la concepción del sujeto como un agente racional, soberano, incorpóreo y autónomo. Desde su perspectiva, las prácticas del género se dan en un marco regulado por normas que, dada su propia inestabilidad, exigen una constante repetición. Precisamente, esa necesidad ineludible posibilita el desplazamiento, la falla, el intersticio en el que se da lo nuevo. Así la identidad de género es, por tanto, el proceso mismo; una instancia que nunca se resuelve de una manera completa o definitiva. Constituye una instancia clave porque, como otras autoras, Butler postula la imposibilidad de seguir pensando a la subjetividad por fuera de la matriz de generización. Somos todos sujetos sexuados, interpelados y producidos en una matriz de género.
Habría que recordar que Gender Trouble no es un compendio de herramientas sofisticadas, sino la articulación de un andamiaje teórico novedoso para responder algunas cuestiones claves del feminismo de fin del siglo XX. Su intervención es radicalmente desencializadora (del sujeto, de la mujer, de la naturaleza, de la biología, etc.) y apunta a discutir el mandato heterosexual imperante incluso en el movimiento feminista.
Por esto y por mucho más, Butler es una de las teóricas más lúcidas del feminismo y de ese conjunto heterogéneo de teorías, performances y militancias que delinean lo queer. Sus libros desestabilizan los cimientos sobre los que se apoyan la heterosexualidad y el binarismo en un gesto de profunda politización: allí donde había dictados inapelables de la naturaleza (con sus sacerdotes y médicos traductores), Butler señala la lucha para habilitar la posibilidad de otras vidas, de que las vidas que no responden puntillosamente al mandato binario y heterosexual puedan ser vividas.
El atentado contra las Torres Gemelas, en 2001, provocó un viraje en la producción de Butler que la llevó a concentrarse en otras reflexiones que incluyen la política en términos globales y la guerra. Sin embargo, las preguntas que recorren su obra (y que tan bien sabe formular en cada texto) mantienen una fuerte línea de continuidad en la inquietud por la definición de la vida humana posible de ser vivida, es decir, respetada, protegida en su precariedad y su vulnerabilidad.
Foucault y Butler, una invitación a profundizar el debate
Foucault y Butler se cuentan entre los autores que formaron parte del intenso proceso de revisión, crítica y reformulación de la noción de identidad en las últimas décadas del siglo xx. Eso no impide que sean de inspiración innegable para sostener reclamos basados en la idea de que la identidad (de género) es un derecho y, por tanto, debe ser legislado a fin de garantizar su consecución. De hecho, en Argentina la elección de la identidad como vector de la disputa jurídica fue tan acertada como estratégica. (20)
Tal como algunos activistas admiten, la Ley de Matrimonio Igualitario y la Ley de Identidad de Género eran impensadas hace apenas unos años; su impulso se vio favorecido por la articulación de amplias coaliciones activistas y encontraron, además, un consenso muy extendido en la opinión pública y en los partidos políticos, pese a algunos debates puntuales. Aunque gran parte de la sociedad pareció percibirlas como leyes específicas para una población particular (gays, lesbianas, personas trans), la sanción de ambas leyes y, especialmente, la de Identidad de Género tiene, sin embargo, consecuencias sobre la ciudadanía en su conjunto. Logran, ni más ni menos, acentuar la dimensión de género y la diversidad en el corazón de la Ley y en la definición de la ciudadanía misma.
Al mismo tiempo, varios y novedosos aspectos como la importancia de la autopercepción, la despatologización, el peso de la decisión personal, el valor de la palabra propia sobre el propio cuerpo, el reconocimiento de la dimensión simbólica de la vida del género, la responsabilidad del Estado de garantizar el derecho, la ligazón con el sistema de salud que debe prestar atención en los casos que se requiera, el respeto por la voz del niño y la niña, etc. tienen efectos fuertemente disruptivos sobre la definición de la ciudadanía y de la democracia. O, al menos, abren fisuras y oportunidades para continuar en el camino del reconocimiento y la inclusión.
Volver a Foucault y a Butler luego de la sanción de la Ley puede ser un ejercicio con sabor agridulce. Ambos nos recordarán los límites, la inestabilidad, las aporías, la no sutura, de los elementos consensuados en un debate y sancionados en una ley. Si celebramos con razón la idea de la autopercepción y el reconocimiento de la vivencia personal es necesario recordar los tramos en los que ambos autores insisten en destacar la dificultad de aislar un espacio de la individualidad exclusivo. En este sentido, no son los únicos que destacan la condición intersubjetiva de lo que somos, aun de lo que consideramos más interior, más íntimo, más privado. En la misma dirección, la noción de autonomía exige una mirada más atenta, que mantenga la sensibilidad hacia la paradoja que conllevan tanto los momentos de su afirmación como aquellos en los que esa autonomía se ve discutida. Momentos de la sujeción pero también de los placeres. Ambas experiencias nos exponen a los otros y evidencian la condición social, compartida de nuestros cuerpos.
Otro punto destacable y vanguardista de esta legislación es la erradicación de la patología como modo de definir la identidad de género y como clave para su inteligibilidad por parte del Estado. Sin embargo, este pedido de reconocimiento al Estado no deja de ser, a la vez, una conquista y un nuevo estado de alerta o de resistencia, ya que funda nuevos procesos de objetivación y gobierno. Obtener un derecho o acceder a un lugar de