La niñez desviada. Claudia Freidenraij

La niñez desviada - Claudia Freidenraij


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del espacio público.

      1. Vertiginosa Buenos Aires

      La década de 1880 inauguró una era de desbordes urbanos. El fenomenal desplazamiento de población a través del Atlántico, el consiguiente proceso de urbanización acelerada, la constitución de diversas agencias estatales que convivían con las tradicionales y el desdibujamiento de las distancias sociales que organizaban la sociedad de la “gran aldea” fueron fenómenos vividos con creciente ansiedad por los contemporáneos.

      En el centro de esos procesos encadenados de transformación social se encontraba la explosión demográfica que sacudió a Buenos Aires desde el último cuarto del siglo XIX. Entre 1881 y 1914 más de 4.200.000 de personas arribaron a la Argentina, el país que más cantidad de inmigrantes recibió con relación a la población nativa. Con una tasa de crecimiento anual del 6% entre 1887 y 1895, la ciudad de Buenos Aires llegó a albergar, en 1914, al 20% de la población del país, superando el millón y medio de habitantes, de los cuales prácticamente la mitad eran extranjeros. Por entonces, uno de cada tres inmigrantes se afincaba en esta ciudad portuaria (Devoto, 2009; Recchini de Lattes, 1983).

      Ciertamente, la masividad del fenómeno inmigratorio modificó la composición demográfica de Buenos Aires. La ciudad se pobló de hombres jóvenes, generalmente solteros, extranjeros, que en sus países de origen habían sido mayoritariamente jornaleros. No obstante, dada la importancia que tuvieron las pequeñas tramas de relaciones personales y familiares en la inmigración de ultramar, no debe subestimarse la tendencia creciente de mujeres, solas y con niños, que venían a reunirse con sus compañeros llegados tiempo atrás. En este sentido, aunque la composición demográfica de la ciudad dio prioridad numérica a los hombres jóvenes, es importante no perder de vista que el crecimiento demográfico general incluyó a todos los grupos etarios, de manera que los niños y los jóvenes de ambos sexos no constituyeron una excepción.

      En este contexto de desmesurado crecimiento poblacional la ciudad fue alterando su fisonomía y su dinámica de funcionamiento, adaptándose a las nuevas necesidades del capitalismo agrario pampeano: el proceso de metropolización de la ciudad de Buenos Aires estuvo más marcado por los ritmos del mercado exportador que por las necesidades vitales de su población. Así, mientras se invirtieron millones en la construcción de un nuevo puerto y el endeudamiento externo creció de la mano de la expansión ferroviaria y el embellecimiento de ciertas zonas de la ciudad, la vivienda urbana no mereció una atención destacada en la agenda política municipal ni nacional, sino que se constituyó en otro negocio rentable en el contexto de una ciudad desbordada.

      Aunque los límites geográficos de Buenos Aires se fijaron en 1888 con la incorporación de los partidos de Flores y Belgrano, lo cierto es que la ciudad se expandió. Aun cuando el crecimiento demográfico –desmedido, desorganizado, vertiginoso– fuese muy por delante del crecimiento edilicio, el territorio urbanizado creció. Mientras casi 40.000 personas se radicaban anualmente en la ciudad, se edificaban alrededor de 1.500 casas nuevas por año (Spalding, 1970). La ciudad, particularmente el centro –esas 93 manzanas que James Scobie (1977) señaló como el corazón porteño–, se vio rápidamente desbordada porque el grueso de la población trabajadora quedó encajonado en la zona céntrica mientras no se desarrollaron medios urbanos de transporte relativamente baratos y veloces. Y eso significó la convivencia durante varios años –tres lustros al menos, o tal vez más– de todas las clases sociales en un espacio urbano de reducidas dimensiones (Korn, 1981; Scobie, 1977). Ese espacio urbano reducido, abarrotado, congestionado, constituye el escenario principal sobre el que se recorta esta historia.

      2. Del conventillo a la calle

      La inmigración masiva se instaló sobre un espacio urbano que no estaba preparado para recibirla, de modo que la ciudad se volvió irreconocible en un lapso muy breve, de la mano de sucesivas transformaciones, ensanches, emparchados y reformas (Liernur, 1993, 2000). Las casas de inquilinato se multiplicaron y se convirtieron en una de las formas de habitación más frecuentes entre las clases trabajadoras de la ciudad, albergando entre el 15% y el 25% de la población porteña según la época (Suriano, 1983; Yujnovsky, 1983; Scobie, 1977; Korn y Sigal, 2010). El grueso de las casas de inquilinato se concentró en el área céntrica, en los barrios de San Juan Evangelista (hoy la Boca), Santa Lucía (Barracas), Balvanera Sur, Concepción y Monserrat (San Telmo), San Nicolás y El Socorro (Retiro). Como es sabido, el hacinamiento y la sordidez fueron las principales características del conventillo porteño.


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