Lo que callan las palabras. Manuel Alvar Ezquerra

Lo que callan las palabras - Manuel Alvar Ezquerra


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mar, pues estaba resecado, y duro, designación que se ha conservado en algunas partes con larga tradición marinera como las Islas Canarias, donde recibe el nombre de pan bizcochado, que parece responder a la segunda acepción académica de bizcocho: ‘pan sin levadura, que se cuece por segunda vez para que se enjugue y dure mucho tiempo’. Ahí tuvo su origen el bizcocho esponjoso y dulce. Dice Sebastián de Covarrubias (1611): «bizcocho, el pan que se cuece de propósito para la provisión y matalotaje de las armadas y de todo género de bajeles. Díjose así, cuasi biscocto, ‘cocido dos veces’, por la necesidad que tiene de ir enjuto para que no se corrompa. Apud latinos, panis bucellatus. Hay otros bizcochos regalados que hacen del polvo de la harina, de azúcar y de huevos». Véase también el artículo galleta.

      boato El diccionario de la Academia registra dos acepciones para la palabra boato. La primera de ellas es la ‘ostentación en el porte exterior’, mientras que la segunda, anticuada, es la ‘vocería o gritos en aclamación de una persona’. ¿Qué relación puede haber entre ellas? Encontramos la explicación en su etimología, pues procede de la voz latina BOATUS, que significaba ‘grito, alboroto’ y también ‘mugido del buey’, derivado del verbo BOO, BOAS, BOARE ‘gritar, vociferar, mugir’, que tiene, a su vez, principio en el verbo griego boao ‘gritar’. Corominas y Pascual explican que, ya en latín, este derivado de boé ‘voz’ había sufrido el influjo de bos ‘buey’, por etimología popular, convirtiéndose en ‘mugido, voz poderosa’, que se aplicó preferentemente, en castellano, a la voz de los predicadores, especializándose en ‘voz arrogante y enfática’, de donde pasó a designar la ampulosidad, y de ahí a la ostentación, valor con el que la empleamos habitualmente. Nuestro Sebastián de Covarrubias (1611), en un artículo bien breve explicó: «boato es el sonido de la voz fuerte y clamosa de algunos hinchados vocingleros. Del verbo griego boao, clamo, vocco, boo».

      bobina Una bobina es un ‘cilindro de hilo, cordel, etc., arrollado en torno a un canuto de cartón u otra materia’, como la define la Academia en la primera de las acepciones que consigna en su diccionario. La palabra es prestada del francés bobine ‘carrete’, donde parece una creación tomando como base la forma popular babine, por alusión a los bordes del carrete. La voz bobine tiene un origen onomatopéyico, a partir del elemento bob, que quiere reproducir el movimiento de los labios (véase lo que se explica en los artículos bobo y memo), de donde pasó a significar los labios mismos y un objeto hinchado, cilíndrico, con lo que no fue difícil aplicarlo a la bobina.

      bobo El diccionario de la Academia define bobo como tonto en su acepción de ‘falto de entendimiento o de razón’. Procede de la voz latina BALBUS ‘balbuciente, tartamudo’, que no es sino una onomatopeya del movimiento de los labios al hablar, similar a memo. Fr. Diego de Guadix (1593) estaba convencido del origen árabe de la voz al escribir: «bobo llaman en España a un hombre de tan mal discurso y de tan estragado juicio que más peca de ignorante que de malicioso, o más peca de simple que de loco. Consta de ba, que en arábigo significa ‘con’, y de abu, que significa ‘su padre’, así que todo junto, baabu, significa ‘con su padre’, conviene a saber, cum pater eius; significa, denota o moteja de hombre tan niñatón y tan para poco, que menos que apadrinado con su padre no es para nada ni vale cosa, y corrompido dicen bobo, y de aquí bobear». Tampoco andaba muy certero Sebastián de Covarrubias (1611): «bobo, propiamente es el hombre tardo, estúpido, de poco discurso, semejante al buey, de donde trae su etimología, porque de bos bobis se dijo bobo [...]». A lo que añade en el siguiente artículo: «bobo llaman cierto tocado hueco que echan por debajo de la barba, aludiendo a que los bobos son ampollados y carrilludos. Y así, los que tienen semejante fisionomía decimos tener carrillos de bobo [...]». Y en el Suplemento que dejó inédito: «bobo, algunos quieren que bobo se haya dicho no de la palabra buey, sino de la voz de la oveja [...], y de esta palabra repetida, be be, se pudo decir bobo [...]». De todos modos, nuestro canónigo apuntaba hacia la onomatopeya.

      boca La palabra española boca tiene su origen en la latina de origen celta BUCCA, que significaba ‘mejilla’, aunque en latín ya desarrolló el sentido de ‘boca’, en un cambio de las partes de la cara fácil de imaginar.

      bochorno Según el diccionario académico, bochorno es el ‘aire caliente y molesto que se levanta en el estío’, sentido del que se han derivado los otros, que son de uso habitual. La palabra procede de la latina VULTURNUS, empleada para nombrar al viento del este. Sebastián de Covarrubias (1611) quiso buscarle una motivación más específica y escribió que «es el tiempo de mucha calor, cuando corre un viento caliente que lo abrasa todo. Y díjose buchorno, cuasi boca de horno; en la boca de horno, cuando está encendido, cosa es notoria, que sale un aire calentísimo», explicación que han dado por buena algunos autores sin pararse a pensar en su verdadero origen.

      bocina Véase rebuznar.

      bodega Los valores que registra el diccionario académico para bodega están relacionados, unos, con el vino (‘lugar donde se guarda y cría el vino’, ‘almacén de vinos’, ‘tienda de vinos’), y, otros, con el lugar donde se guardan o almacenan cosas (la del barco, la despensa, la troje). Las del primer grupo, y en especial la primera de todas, resultan de una especialización del término, procedente del latín APOTHECA, que significaba, precisamente, ‘almacén, bodega’, a su vez tomado del griego apotheke, que también significaba ‘depósito, almacén’, relacionada con el verbo apotíthemi ‘poner aparte, guardar, depositar’, y compuesta de apó ‘aparte’ y theke ‘depósito, receptáculo’. El sentido de ‘almacén, depósito’ es, pues, el originario, de donde pasó al latín y al español, y como en los almacenes se vendían los productos almacenados, pasó a ser el establecimiento donde se vendían cosas, en especial el vino. Nuestra bodega procede del latín, no del griego, por más que apotheke nos haya dejado otra palabra, algo más tardía, como demuestra el cambio de la e en i, propio del griego bizantino, botica, que originalmente valía ‘tienda’, adonde se había llegado desde el sentido de ‘almacén’, y que entre nosotros se ha especializado para nombrar la ‘farmacia, laboratorio y despacho de medicamentos’. La palabra farmacia va desplazando a botica, considerada más popular, y tradicional, por no decir que remite a épocas pasadas del ejercicio del boticario. Dicho de otra manera, farmacia es el término moderno, prestigioso, frente a botica, que no está revestido de esa consideración social. Del mismo origen es otro galicismo de reciente introducción en la lengua, boutique, que registra el diccionario académico con dos sentidos, ‘tienda de ropa de moda’ y ‘tienda de productos selectos’, cuando en francés posee el genérico de ‘tienda’. De botica se ha hecho el diminutivo botiquín, ‘mueble, caja o maleta para guardar medicinas o transportarlas a donde convenga’, sentido del que se han derivado los otros de la palabra que registra nuestro diccionario oficial. Sebastián de Covarrubias (1611) dio cuenta de la palabra bodega refiriéndose a la del vino: «bodega, cueva donde se encierra cantidad de vino. Latine cellarium, cella vinaria. Díjose así, cuasi potheca, mudando la p en su media b, y la th en d, perdiendo la a del principio, porque había de decir apotheca, del nombre griego apotheke, es, horreum, repositorium, reconditorium, cella vinaria. Otros quieren se diga de las botas de vino, o cubas, en que le encierran, cuasi botega».

      bodrio El uso habitual de la palabra bodrio es con el sentido de ‘cosa mal hecha, desordenada o de mal gusto’, la última de las acepciones recogidas en el diccionario académico. Las otras tres no parecen tener conexión con esta: ‘caldo con algunas sobras de sopa, mendrugos, verduras y legumbres que de ordinario se daba a los pobres en las porterías de algunos conventos’, ‘guiso mal aderezado’ y ‘sangre de cerdo mezclada con cebolla para embutir morcillas’, entre las que no resulta difícil hallar relaciones. La palabra es una deformación del antiguo brodio, procedente del bajo latín brodium, que a su vez parte del germánico *brod ‘caldo’. El término debió llegar con las invasiones germánicas o con los germanos de las legiones romanas. El caldo que hacían aquellos hombres no debía ser una gran cosa, como tampoco lo era el que se daba a los pobres a partir de la Edad Media en los conventos, por lo que recibió el mismo nombre, y pronto pasó a ser el guiso mal aderezado. Finalmente se llamó bodrio a lo mal hecho o desagradable a los sentidos, habiéndose desvanecido el sentido originario. La mezcla de cosas está en el origen de la acepción de la sangre con cebolla de las morcillas. Sebastián de Covarrubias (1611) explicó


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