De la revolución a la industrialización. Sergio de La Pena
arrendatarios, aparceros, medieros, entre otros— como bien lo caracterizaron Enrique Semo22 y Friedrich Katz.23 Aun en las "fábricas modernas" del porfiriato, que usaban tecnología de punta, convivieron la tienda de raya, el pago en vales y el trabajo servil como formas de reproducción de esa articulación entre modernidad y atraso. Ello otorgó al capitalismo latinoamericano características particulares.
La dependencia fue vista por algunos autores como la causa central del atraso; en los años setenta a los que compartían esta opinión se les aglutinó en la corriente de pensamiento denominada dependentista. Se explicó la particularidad de América Latina como resultado de un sistema económico mundial donde los países desarrollados habían adquirido esta condición por la succión de excedente que hacían de los países periféricos o dependientes, condenándolos al atraso. Sin negar esta condición, ella no nos explica por qué algunos países dependientes y atrasados lograron superarla y lograron mayores niveles de desarrollo y mejoría en las condiciones de vida de su población y otros no, e incluso por qué algunos gobiernos de países dependientes han logrado mejores negociaciones y mayores espacios de autonomía que otros.
Recientemente Stephen Haber, al hacer la crítica a la corriente dependentista, cuestiona severamente sus hipótesis, método de análisis y llega a la conclusión de que ese programa de investigación "tiene poco que decir acerca del origen del subdesarrollo latinoamericano".24 Para Haber "el modelo de la dependencia enfrenta tres problemas: el primero es la utilización de un razonamiento económico ad hoc. Su concepto de que la inversión extranjera directa (IED) causa el subdesarrollo porque las ganancias repatriadas por las compañías extranjeras superan el valor de su inversión original. Los rendimientos privados superan los rendimientos sociales de la IED . . ."25 El segundo problema del modelo de la dependencia era que "rechazaba la noción de que las ideas debían someterse a evaluación científica..." El tercer problema era que sus afirmaciones centrales eran incongruentes en gran medida con los hechos empíricos. "En la base de la teoría de la dependencia se encontraba la noción del deterioro de los términos de intercambio de un modo secular [...] El peso de las pruebas apunta hacia la conclusión de que no ha habido ningún deterioro secular de los términos de intercambio sino movimientos cíclicos sin ninguna tendencia discernible a largo plazo..." La otra aseveración principal de la teoría de la dependencia era la existencia de una burguesía compradora que controlaba a un Estado débil que no podía ni quería actuar en aras del interés nacional... "Las burguesías nacionales tenían en el siglo XIX considerable poder político y voluntad de desarrollo [... ] los gobiernos latinoamericanos estaban dispuestos a regular las actividades de los capitalistas extranjeros en aras del desarrollo..."26
Las conclusiones de Haber no son generalizables o aplicables al desempeño económico de América Latina como un todo; la evidencia estadística sobre el crecimiento de algunos países es más cercana a las hipótesis dependentistas, por ejemplo, en Centroamérica —excepto Costa Rica—; las IED de la United Fmit Company (UFCO) no generaron enlazamientos, ni condujeron a una mayor difusión del progreso técnico, ni profundizaron el mercado interno. Lo mismo podría decirse del guano en Perú y en cierto sentido de la inversión extranjera en petróleo durante el porfiriato en México. Autores no dependentistas como Femando Fajnzylber, Trinidad Martínez Tarrago, José Luis Ceceña Gámez, Bernardo Sepúlveda y Antonio Chumacero, entre otros, demostraron en los años sesenta y setenta que el saldo neto de las IED era negativo, es decir salían más capitales de los que entraban y con frecuencia no generaron los enlazamientos que se esperaba pues importaron los bienes de capital de otras filiales vinculadas con la misma firma.
Sobre la tendencia al deterioro de los términos de intercambio, la evidencia empírica varía de un país a otro, dependiendo de los productos de exportación; son más bien éstos los que registran ciclos de auge o decadencia según la dinámica de la economía mundial, o el surgimiento de productos sustitutos —materiales sintéticos o productos alternativos—, o países competidores; la oferta y demanda mundiales determina los precios. Pero es innegable que después de la segunda guerra mundial, con la sustitución de materias primas naturales por sintéticas, las primeras vieron reducir su demanda y su precio. Lo mismo sucedió en las últimas décadas del siglo XIX con la plata, el azúcar de caña fue sustituida por la de remolacha, con el café y el caucho —que empiezan a producir en Asia—, por sólo mencionar algunos productos, de los cuales dependían economías enteras, como Cuba del azúcar o Brasil del café. En México, por ejemplo, la evidencia estadística registra la existencia de un deterioro de los términos de intercambio, desde 1895 hasta 1960 —fecha aproximada a la que llega nuestro periodo de estudio—, y son más bien excepcionales los años en que se registra una tendencia positiva como 1925-1927, 1933-1934, 1942-1945 y 1950-1951, que no alcanza a compensar la caída de los años anteriores y posteriores.27
Finalmente, nos parece innegable la correlación entre fortaleza de la burguesía y la menor dependencia, que por otra parte fue el argumento central, ya esgrimido por Agustín Cueva, en el debate con los dependentistas.28 Entonces se cuestionaba si el atraso, y con ello el escaso desarrollo de la burguesía, se podía explicar por la dependencia, o más bien si la dependencia había surgido por el atraso, es decir, por la debilidad de las fuerzas nacionales, entre ellas la burguesía, incapaces de presentar resistencia a esa inserción dependiente. Lo que implica que en aquellas sociedades donde la burguesía y el Estado fueron más débiles tuvieron menor capacidad de negociación, orientación y regulación de las IED y se consolidaron relaciones de mayor dependencia. De esto a concluir que la burguesía era un agente económico fuerte y que el Estado reguló en aras del desarrollo, parece una sobreestimación del desempeño económico en la mayoría de los países a fines del siglo XIX y principios del XX, y en todo caso tampoco contribuye a explicar la persistencia del atraso y la dependencia.
Valpy FitzGerald ofrece un recuento interesante del debate sobre los términos de intercambio y algunas hipótesis de la CEPAL, donde se contrastan las posiciones de esta corriente, la teoría económica neoclásica y las modernas teorías del comercio internacional en "La CEPAL y la teoría de la industrialización por medio de la sustitución de importaciones", y del mismo autor "La CEPAL y la teoría de la industrialización", donde llega a la conclusión de que "el moderno desarrollo teórico parecería congruente con la percepción intuitiva que puede encontrarse en el modelo original de la CEPAL",29 en relación con la tendencia al deterioro de los términos de intercambio, que como se sabe, dicha corriente lo destacó antes que los dependentistas.
En la explicación del atraso, algunos autores han retomado la idea del pasado hispano como condicionante o causa de éste —estructuras e instituciones coloniales—, porque propiciaron el arraigo de relaciones precapitalistas-tradicionales, además de la succión de excedentes que generaron. Una crítica reciente a esa perspectiva ha sido elaborada por Stanley L. Engerman y Kenneth L. Sokoloff, quienes sostienen "la posibilidad de que se haya subestimado — en las investigaciones recientes— el papel de las dotaciones de factores y exagerado la independencia del desarrollo institucional". Por ejemplo, el clima y el suelo propiciaron "cultivar productos como el azúcar, el café, el arroz, el tabaco y el algodón, con un alto valor en el mercado y que se producían mucho más eficientemente en grandes plantaciones con mano de obra esclava. Las considerables porciones de trabajadores esclavos y las economías de escala generaron una distribución muy desigual de la riqueza y el poder político. Las colonias españolas de México y Perú se caracterizaron también, desde el principio de su historia, por la desigualdad extrem a..."30
Además